EL HIJO DE RAMBOW

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El poder del cine en el cerebro infantil. Este título daría para una extensa tesis tanto en el terreno psicológico, como en el cinematográfico, como en del estudio del cerebro humano. ¿Cómo reacciona la bayeta de triple absorción que se convertirá en un cerebro adulto en unos cuantos años ante las primeras películas? ¿Cambiará en algo el mecanismo de pensamientos de un chaval dependiendo de si ve o no cierta película en ese periodo de maduración personal?

Recuerdo perfectamente ir a ver “E.T. el extraterrestre” con mi padre al estreno, o tragarme todas las películas de Schwarzenegger con mi mejor amigo cuando estábamos en el colegio y supongo que eso contribuyó en cierta manera a mi forma de ser y a mi capacidad imaginativa. Y al contrario de lo que la “liga de padres protectores del correcto y cuadriculado pensamiento infantil” diga, he salido pacifista y calmado, a pesar de haberme tragado todos los episodios de “Bola de dragón” y de “Caballeros del zodiaco” y haber hecho un montón de años artes marciales, pero ve y explícales tú que un chaval distingue perfectamente entre realidad y ficción y que hay factores mucho más poderosos a la hora de definir personalidades, como que dichos padres se preocupen más de escuchar, jugar y pasar tiempo con su hijo.

Al lío, que me voy por las ramas cual tití con sobredosis de cafeína. En la pequeña película inglesa que hoy comento (y que pasó por los cines a una velocidad vertiginosa… por los pocos cines que pasó, quiero decir) se juega con esta idea y consigue transportarnos de vuelta a una infancia en la que la imaginación era el arma de destrucción masiva más poderosa (algunos dirigentes se olvidan de estos momentos, si es que los tuvieron, y las buscan donde no están). Al igual que en la deliciosa “Cuenta conmigo”, el director, Garth Jennings, consigue plasmar la profunda complicidad entre amigos inseparables antes de que la pubertad empiece a sembrar el rostro de granos. También como en “Cuenta conmigo”, se relata la amistad entre chavales con una infancia complicada, quizá los más necesitados de almas gemelas con las que evadirse a dimensiones paralelas.

Will Proudfoot es un chaval con una imaginación desbordante atrapada en el mundo más cuadriculado, hermético, inmovilista y estricto que puede haber. Su madre viuda, pertenece a la secta ultracatólica de “Los hermanos”, una especie de Amish pero lo a lo bestia, así que tiene prohibida la televisión, invento del diablo donde los haya. Por eso, cada vez que en clase ponen algún video, tiene que salirse al pasillo, donde se dedica a llenar su biblia de dibujos fantásticos e historias alucinantes. Es en uno de estos descansos, cuando conoce a Lee Carter, un crio perdido y con ínfulas de matón diametralmente opuesto a él, que vive con su hermano y echa de menos a una madre casada con un millonario y de permanente viaje por Europa. Como suele pasar, los polos opuestos se atraen y Will, acaba viendo, con ojos como platos, su primera película en casa de Lee, nada más y nada menos que “Rambo: acorralado”.

Fascinados por la historia (sobre todo Will), deciden rodar ellos mismos una especie de secuela en la que toda idea tiene cabida, desde perros voladores hasta malvados espantapájaros secuestradores, durante la que se harán hermanos inseparables y se odiarán a muerte, en esos fantásticos extremismos volátiles que sólo se dan a edades muy tempranas.

Es ese comienzo, cuando se muestran las familias de ambos, sus problemas y su viaje iniciático hacia la auténtica amistad, lo que más me fascinó de la película, cuando vemos los diferentes caracteres de los chavales, la abnegación y fe del primero y el carácter rebelde y transgresor del segundo. Interés que voy perdiendo pasado el meridiano del film, momento en el que se pierde un poco al incorporar personajes caricaturescos que ralentizan la trama bastante.

De todas formas, “El hijo de Rambow” es una interesante mirada sobre el mundo de la infancia y su poderosa imaginación, arma capaz de elevarnos por encima de cualquier penuria y conseguir que lleguemos, antes o después (en mi caso aún no vislumbro ese momento) al mundo adulto sin volvernos majaretas perdidos.

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