EL GRAN HOMBRE DE JAPÓN

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El humor no es tan internacional como se cree, o por lo menos no todo el humor. Quizá grupos como tricicle, o algunos clowns, que basan su espectáculo en la mímica, logren provocar risas en diferentes culturas con el mismo éxito, pero cuando entramos en otros estilos de comicidad, la cosa va por barrios. Esta película debe de ser uno de esos casos, ya que Hitoshi Matsumoto, un cómico muy conocido en Japón, salta a la pantalla grande protagonizando una película con algunos puntos sumamente graciosos, pero aburrida en demasiados momentos.

El país del sol naciente tiene una concepción del mundo bastante diferente a la nuestra. Su cultura cinematográfica y su mitología están plagadas de monstruos, diablos, demonios y héroes que me resultan muy difíciles de comprender y abarcar y su paciencia muchas veces me desquicia. Esos planos largos y pausados que abundan en su cine me ponen muy nervioso.

La historia de “El gran hombre de Japón” es la de un tipo gris, aburrido y egocéntrico que pertenece a una estirpe de defensores de la isla contra los monstruos que la asolan día sí y día también, con la capacidad de aumentar drásticamente de tamaño cuando recibe chorrocientos mil voltios a través de sus pezones. Así tendrá que luchar contra los monstruos más absurdos que se puedan inventar librando al país del desastre intentando que los resultados de las audiencias de las peleas no sigan bajando en picado, a la vez que su reputación.

Gran parte de la película está rodada como un largo y aburrido documental en el que se entrevista al personaje, mientras éste da respuestas cortas e insulsas. La entrevista se corta cada vez que Dai Nipponjin – el protagonista – recibe una llamada de las autoridades para transformarse en gigante y estas son las partes más divertidas de la película, pues cada monstruo al que se tiene que enfrentar es más absurdo que el anterior. Las peleas son de lo más estúpido y algunas conversaciones en medio de la batalla son francamente hilarantes.

Pero donde Matsumoto da la campanada es en el último tramo de la película, cuando lo invade un espíritu puramente “Montypytoniano” y todo se transforma en un no parar de puntos surrealistas que llenó la sala del cine de una mezcla de carcajadas e incredulidad, rematando la historia a un nivel mucho más alto de lo que había empezado, lo que fue de agradecer.

Si Matsumoto hubiese optado por imprimir a toda la cinta de ese humor absurdo, dejando tan solo las peleas con las abominaciones y el final estrella, posiblemente estaría dando forma a otra crítica totalmente diferente, pero las casi 2 horas de película se hacen demasiado largas, las entrevistas interminables y el personaje acaba siendo bastante repelente.

No creo que llegue a las carteleras españolas, pero aquel que quiera echarse unas risas en una aburrida tarde de domingo, con la posibilidad de acelerar el DVD en las partes aburridas, esta rarísima comedia es una posible opción.

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