DUNKERQUE

Regresados de las vacaciones, un soplo de aire de montaña, regado con fina lluvia espúrea de frescor y acompañado de una guarnición de risas y pequeñas locuras, toca lidiar con la vuelta a la realidad. Y qué mejor para ello que pequeñas dosis de irrealidad, de fantasía y de evasión cinéfila.

Aún no hemos comenzado la peregrinación semanal a las salas de cine del nuevo curso, pero nos había quedado una película en el tintero antes de cambiar el asfalto por los caminos de gigantes. En realidad dos, pero “Cars 3” tiene la suficiente poca chicha como para que me apetezca poco exprimir las meninges en busca de las sensaciones recibidas durante una nueva obra menor de Pixar, algo a lo que, por desgracia, nos empiezan a acostumbrar.

Así que, la peli que hoy intentaré recordar ha sido la última aventura de un pionero del cine reciente, de un tipo que está marcando estilo y cuyas nuevas películas se convierten en nuevos acontecimientos analizados por todo quisqui. Hablo del artífice de “Memento”, “El truco final”, la trilogía de “El caballero oscuro”, “Origen” o “Interstellar”. Un gran narrador al que le gusta el espectáculo y las sorpresas en el guión que en esta ocasión cambia el paso para proponer algo distinto a todo lo que había hecho hasta el momento.

Dunkerque es una ciudad costera del norte de Francia que fue testigo de un especial episodio durante la II Guerra Mundial. En sus playas, el ejército aliado quedó acorralado a merced de las tropas nazis en lo que iba a ser, con toda probabilidad una masacre. Lo fue un poco menos cuando el gobierno británico ejecutó una maniobra de evasión en la que colaboraron multitud de barcos civiles, ayudando a huir a soldados británicos, franceses, polacos, belgas y holandeses.

Nolan aborda este episodio centrándose en tres líneas temporales de duraciones distintas que se estiran y encogen para lograr dibujar tres líneas paralelas que se encuadran en tres elementos básicos: tierra, mar y aire. Además lo aborda de un modo muy poco literario y de forma muy cruda, tratando de introducir al espectador en las sensaciones claustrofóbicas desprendidas de una situación bélica de esta índole por medio de poderosas imágenes, una banda sonora atípica y una escasez de diálogos totalmente rompedora con respecto a las películas anteriores del cineasta.

En el capítulo marítimo, un hombre decide, junto con su hijo y un amigo de éste, acercarse a las costas francesas con su barco pesquero a ayudar. En el aéreo, un escuadrón británico de cazas Supermarine Spitfire acude a ayudar al rescate persiguiendo a los aviones alemanes. Por su parte, el terrestre se centra en tres soldados que hacen todo lo posible por subir a alguno de los navíos que parten de la costa gala en dirección a las islas de Su Majestad.

En una duración de poco más de hora y media Nolan utiliza toda la fuerza visual de la que es capaz para formar un relato nervioso de los tres planos temporales y durante gran parte del metraje, consiguió ponerme los pelos de punta. Sin embargo, las notas de la banda sonora que compone Hans Zimmer, que por momentos acompañaban perfectamente la cruda historia, por otra, consiguieron sacarme de la misma. Sonidos que rozaban la dentera junto con escalas de Shepard me resultaban a veces demasiado incómodas como para poder seguir inmerso de forma completa en la historia que se desarrollaba en pantalla.

Por otra parte, tuve también un problema de empatía con los personajes, aunque reconozco que esto es un problema mío. Está claro que Christopher Nolan tenía en la cabeza que así debía ser la película, un retrato en el que las circunstancias y el escenario fueran más poderosos que los personajes y por eso se aleja de heroísmos claros o de pasajes que se pudieran escapar hacia el melodrama, abordando cada una de las historias de la manera más fría posible y no enseñando jamás en pantalla el rostro del enemigo. Sin embargo a mí me cuestan las películas en las que no siento identificación ninguna con los personajes que desfilan por la historia. Quizá estoy acostumbrado a un cine que enfatiza héroes, antihéroes y villanos, que llevan al espectador por los altibajos de vidas humanas y una disección de un conflicto en el que el guionista se distancia de estos puntos se me hace cuesta arriba.

De lo que no hay ninguna duda es de que Nolan sigue agrandando su curriculum sin miedo a utilizar una pantalla de cine como un campo de pruebas en el que el Espectáculo, así con la primera letra en mayúsculas, es lo predominante. La imagen, grabada en un formato que sólo podía verse en su máxima expresión en unos pocos cines del mundo (por desgracia ninguno en Madrid) y un ojo clínico para el encuadre de la cámara lo convierten en uno de los directores más apetecibles del panorama actual.

No sé qué se le ocurrirá escribir a continuación, pero sin duda estaremos allí para verlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.