DRIVE

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Ya que Sara lleva un tiempo pidiendo esta crítica, no tengo más remedio que darle salida ya. Cómo negarle una petición cinéfila a una dama que no tardará en dar lecciones a través de una cámara. No sea que algún día guarde un papelito goloso para mí y me convierta en actor de culto, o me presente a Kristen Bell o me invite a aceitunas o qué sé yo.

Si “The Artist” fue la película más cacareada entre los cinéfagos de medio mundo, “Drive” se convirtió en la apuesta de los profesionales del séptimo arte. Si quitamos a los académicos oscarianos, que suelen premiar un tipo de cine muy definido (actores interpretando a disminuidos, actores disfrazados, películas que alaban el sueño americano o destrozan el genocidio del Tercer Reich y epopeyas cargadas de dólares), una gran parte de los entendidos en los tecnicismos de la profesión señaló la película de Nicolas Winding Refn como la sublimación del lenguaje cinematográfico. Alaban el guión, loan la dirección, cantan odas al montaje y le bailan sardanas a la dirección de actores.

Yo, como soy un buen exponente del primer grupo, el de los yonkis de los 24 fotogramas por segundo, que lo mismo se merienda un drama romántico victoriano como se desayuna una gamberrada gore postmoderna, con un número suficiente de películas a la espalda que puede darme una visión, quizá, ligeramente más amplia que la media, pero un desconocimiento de los fundamentos que me convierte en analfabeto en muchos aspectos de una película, soy de los que recomendó con fruición la cinta muda y se quedó algo a medias en la del conductor de pocas palabras.

Es la de “Drive” una historia chorrocientas veces contada. La del tipo con alma de samurai, de pocas palabras y acciones contundentes, con un código ético tan inquebrantable como cuestionable, que se enamora platónicamente de la frágil dama y ha de vengarse de la injusticia cometida por unos villanos que se han pasado de la raya. No sé si los japoneses han sido los que se sacaron de la manga, gracias a su filosofía de nobleza férrea, a este tipo de protagonista, aunque seguro que han sido los máximos exponentes.

De todas maneras, la idea es lo suficientemente atractiva como para que occidente exportara la idea y la contara de muchas otras formas. John Wayne poniendo al guerrero milenario sombrero, cartucheras y mucha chulería en “Río Bravo” o Forest Whitaker plantando la esencia del héroe nipón en medio del asfalto en la impresionante “Ghost dog” son sólo dos ejemplos, quizá dos de los que más me han enamorado, pero hay muchísimos más.

Empezaré diciendo que el prólogo de la película me parece de lo mejorcito que he visto este año. Un comienzo enorme, muy arriba, con un ritmo endiablado, prácticamente filmado desde el interior de un coche, con una huida planificada de forma magnífica y un Ryan Gosling que, con muy pocos gestos, consigue definir la personalidad de su personaje completamente. Un fantástico trabajo de dirección, actuación, montaje y planificación.

El problema es que no consiguió mantenerme en ese estado de interés toda la película.

Con dos mitades claramente diferenciadas, tanto en la forma como en el fondo, me metí de lleno en la primera y poco a poco me fui saliendo en la segunda. Es curioso que sea así, ya que el primer tramo es mucho más contenido, la historia se va formando al ralentí, sin ninguna prisa, con giros suaves, llenando la pantalla de silencios y miradas, de palabras jamás expresadas, de deseos reprimidos, teniéndome en todo momento atrapado. Mientras que en la segunda, donde la bomba estalla, el acelerador se pisa al máximo, ruge el carburador y se derrapa en cada curva, la supuesta adrenalina que debería haberme inundado, se esconde para asomar la cabecita en contadas ocasiones.

El gran acierto de los primeros 50 minutos es la forma en la que llena la pantalla un Ryan Gosling que está consiguiendo subir como la espuma en brillantez, popularidad y halagos. Ese conductor sin nombre, sin pasado y sin gran interés por el futuro es el personaje que todo actor desea llegar a interpretar. Y la relación con Irene, interpretada con la delicadeza de Carey Mulligan, esa historia de amor imposible de cristalizar, definida por sonrisas esquivas y miradas furtivas, es impresionante. Relación en torno a la que, sin ruido, como de puntillas, se va presentando el resto del plantel y la semilla que dará lugar al cambio brusco de velocidad.

En contraste, la violencia desatada en la última mitad, me resulta lejana, incluso a veces ridícula. Me sacan de la película escenas que parecen metidas con calzador, como si hubiesen sido concebidas en la mente del director, antes incluso de haber aceptado la película, como la persecución con la careta de especialista, por la playa, detrás del eterno villano Ron Perlman.

Aún así, incluso en la parte que menos me gustó, hay destellos que me pusieron varias veces de nuevo en sintonía con la película, como la escena del hostal cutre, o la del ascensor. Por otra parte, esa estética horterilla y esa banda sonora de cantautora indie con problemas de amores me cuadraba sólo a veces, dejándome bastante dividido.

Quizá tuviera demasiado altas las expectativas o puede que siga sin apreciar un montón de pequeños aspectos, como si fuese un daltónico admirando un arco iris. Que sí, que bien, pero no llego a aplaudir con las orejas.

2 thoughts on “DRIVE

  1. Pues, si te digo la verdad (y también sin tener pajolera idea de los tecnicismos más técnicos), a mí “Drive” me gustó más que “The Artist”, y eso que la segunda me gustó mucho. La atmósfera que crea Winding Refn me atrapó, y los actores están geniales… Me parece un películón, vamos.

    Salutations

  2. Pues no eres el único. Algo me estoy perdiendo de este brebaje para que se me amargue un poco en la segunda mitad. Vete tú a saber.
    Por lo que sea, no entraría ni en mi top ten del año. Pero para eso están los gustos!!

    Salu2.

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