DOS BUENOS TIPOS

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Shane Black es un nombre que, a pesar de ser un niño criado con las películas de los 80 y 90, me había pasado desapercibido hasta que se reivindicó en este siglo con “Kiss kiss bang bang” y “Ironman 3”, ambas de la mano del reconvertido Robert Downey Jr. Y no debería haber sido así. Su nombre debería haber trascendido de la misma forma que lo hicieron otros como John Carpenter o Richard Donner.

Este enorme guionista reconvertido a director es responsable de los libretos de, agarraos a vuestras cajitas de nostalgia, “Arma letal”, “Una pandilla alucinante”, “El último Boy Scout”, y “El último gran héroe”. Que a algunos quizá no os parezca demasiado, cuatro guiones destacables en un plazo de seis años para luego desaparecer del mapa, pero, amigos, que cuatro guiones. Estas cuatro películas son una parte importante de los sólidos cimientos cinematográficos de los niños grandes de mi quinta.

Además, el tío no se quedó ahí y apareció como actor en películas como “Depredador”, donde también ayudó en el guión de forma altruista y sin acreditar, o “Robocop 3”. ¿Se puede ser más molón en la vida?

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No sólo me compran guiones a precios millonarios sino que inauguro las muertes de Depredador. No puedo molar más.

Entonces, ¿por qué un colega con el que querríamos salir de cañas conscientes de que la noche va a ser una aventura repleta de tacos y alcohol, se tira sin trabajar desde 1996 hasta 2005?

Pues porque en su día, “El último Boy Scout” no la vio ni la madre de Bruce Willis e hizo perder una pasta gansa a Sony después de que Black cobrase la cifra más alta de la historia de Jolibú por un guión. Porque “El último gran héroe” fue el primer fracaso comercial de Arnold Schwarzenegger, que venía de patear robots de metal líquido en “Terminator 2”, en gran parte gracias a la enorme visión comercial de Columbia Pictures al estrenarla el mismo fin de semana que una peliculilla desconocida y menor como “Parque jurásico”. Porque acabó de dilapidar el crédito conseguido con sus dos primeros guiones con “Memoria letal”, que hizo perder unos 40 milloncejos de piedrólares a New Line y puso la puntilla a la carrera de Geena Davis.

Así que, después de este curriculum y de la pose chulesca (y todavía molona, aunque quizá no tanto para los productores, que cambiaban de acera cuando le veían venir de frente) del amigo Black, tuvo que pedir y suplicar mucho antes de poder llevar a la pantalla, nueve años más tarde, su siguiente guión, esta vez dirigido por él mismo. Que lo consiguiese, es todavía un misterio.

La película, “Kiss kiss bang bang”, interpretada por un Robert Downey Jr. que estaba en su propio proceso de pájaro fénix y por un Val Kilmer que hacía mucho que se había comido a sí mismo, tampoco es que recaudase mucho, pero no tardó en convertirse en una película de culto, en un proceso muy continuista de la leyenda del director. Porque el guión, con todos los guiños y bondades de los guiones de Black, era brutal, ingenioso, veloz. Un noir postmoderno que recogía todo el cine negro mamado por el realizador y al que añadía su sentido del humor, su cinismo y toda la mala hostia acumulada en estos nueve años de puertas cerradas en sus narices.

Robert Downey Jr. le cogió cariño y le propuso como relevo de Jon Favreau, con el que había perdido la química, para la saga del Hombre de Hierro y, de nuevo, su pluma y su dirección la convirtieron en la mejor de la saga, la tercera en recaudación del universo marvelita y todo ello con una historia arriesgada y cargada de controversia. De nuevo, Black era el puto amo por sus santos cojones, sin amoldarse ni un poco a una industria cobarde y tendente a realizar fotocopias e imprimiendo su sello personal en un mundo con reglas tan estrictas como el de Marvel Studios.

Así que estaba claro que después de esto, el director tendría una nueva oportunidad y hete aquí que la obtiene con un guión que vuelve a sus inicios, a las constantes de sus primeras películas. De nuevo una buddy movie, de nuevo los diálogos malsonantes y cargados de referencias pop, de nuevo la violencia campando a sus anchas sobre las ruedas del humor negro… y sí, de nuevo su recaudación se halla por debajo de las expectativas y de nuevo es probable que acabe convirtiéndose en una nueva peli de culto.

Pero el tío, de nuevo, lo vuelve a conseguir. Porque la pareja que conforman Russell Crowe y Ryan Gosling es una nueva visión de la que formaron en su día Mel Gibson y Danny Glover y porque me he reído muchísimo viéndola. Más de lo que recuerdo en mucho tiempo en una sala de cine. Quizá porque, desde la primera escena, la vena nostálgica noventera empieza a palpitar pero estoy casi seguro de que la principal razón es que el guión es, de nuevo, rabiosamente divertido, ágil y veloz.

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Me han dicho que no te gustan mis historias. ¿Me lo dices en la calle?

En realidad, ni siquiera tiene sentido que os cuente de qué va. Si eres de los que sigue disfrutando con la frase “I’m too old for this shit” como si el teniente Murtaugh la dijese por primera vez, si eres de los que reivindica el juego cinéfilo que se casca el Chuache en “El último gran héroe”, si eres de los que piensa que el giro del tercer acto de “Iron man 3” es una jodida genialidad, al margen de la biblia comiquera, deberías ir corriendo a ver “Dos buenos tipos”. Porque no sabemos cuántas veces más le dejarán al bueno de Black hacer la misma película y volver a golpearnos con sus vibrantes punch lines.

De momento, sabemos que está escribiendo el guión del siguiente episodio de “Depredador” y que se va a cascar un nuevo Indiana Jones con la adaptación del personaje de Doc Savage. Pero, por muy jugosos que sean los títulos, aunque seamos plénamente conscientes de que nos van a encantar, puede que no triunfen en taquilla y deban tardar unos meses para convertirse en nuevas películas de culto. Y puede que, esta vez, le cierren las puertas de Hollywood para siempre.

Y si esto pasa, querremos ser esos listillos que pregonen en las discusiones de taberna, entre dos sorbos de bourbon barato on the rocks, que nosotros siempre estuvimos de su lado, acudiendo a cada estreno, pensando que, quizá, se nos podía pegar una pequeña porción de su molonidad.

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