DOMINGUEROS DE CINE

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Cuenta la RAE:

Dominguero

1. adj. Dicho de una persona: Que acostumbra a componerse y divertirse solamente los domingos o días de fiesta. U. t. c. s.

2. adj. coloq. Que se suele usar en domingo. Sayo dominguero.

3. adj. despect. Dicho de un conductor inexperto: Que solo utiliza el automóvil los domingos y días festivos. U. t. c. s.

Quedémonos con la tercera acepción y volvamos la vista al cine. Ahora que han implantado estos descuentos de los miércoles que tan bien le vienen al sector y que me parecen una medida estupenda, me estoy encontrando con una especie que hacía bastante tiempo que tenía ya olvidada: el dominguero de cine. Aquel espectador inexperto que sólo utiliza la sala los días de descuentos. Y no todos.

Debido a mis costumbres cinéfilas, al ir entre semana a cines de versión original (¡gafapasta!), la fauna que me suele rodear es un tipo de espectador silencioso, cuidadoso, puntual y respetuoso con el resto del público. Las pocas veces que me he salido de mi ritual, yendo a ver alguna peli española a alguna multisala convencional en fin de semana, me he vuelto a encontrar a un público que tenía ya casi olvidado. Un espectador asilvestrado, sin la menor consideración por el de la butaca de al lado, que se cree en su propio salón, comentador profesional de cada escena en cinco butacas a la redonda, manipulador experto de envases ruidosos y con un compulsivo uso del teléfono móvil. pero ésta es otra especie diferente a la que titula este post.

El troglodita de fin de semana es el típico gracioso que busca la aprobación general, que necesita ser visto. Un gallito con plumas de colores cuyos engranajes cerebrales le impiden formar una idea sin verbalizarla. Siempre van en grupo y son incapaces de apreciar que en la sala puede haber más gente que quizá quiera tener sus propias ideas y sacar sus propias conclusiones. Unos visionarios con poderes que exceden a los de Sandro Rey, capaces de anticiparte cada giro del guión. Unos jedis del séptimo arte que imaginan tener el poder de avisar al protagonista de los peligros que le rodean gritándole a la pantalla.

Acudiendo a una sala en la que el diálogo coincide plenamente con el movimiento de labios del personaje hasta cuando hablan en idiomas foráneos, uno puede estar seguro de haberse deshecho de este hostiable especimen de la misma forma que tenemos la seguridad de no encontrarnos un tiburón blanco en un paseo por los Picos de Europa.

Al dominguero del cine es difícil querer agredirle. Como mucho dan ganas de pegarle un grito y una colleja, flojita, eso sí. Son tipos que intentan pasar desapercibidos pero, por desconocimiento, no lo logran. Es como si yo entrase en un templo budista, con mis zapatillas de deporte, la camiseta de Kukuxumusu, melena al viento y, tratando de seguir las costumbres del lugar, empezase a jugar con el cilindro ceremonial de la entrada gritando: yo, yo, yo, yo, yo, quiero un cuchilloooooooooooo, que eso lo he visto en una peli y seguro que quedo de experto para arriba.

El dominguero de cine es un poco eso. Hace un siglo y medio que no entra en una sala y aprovecha ahora que el precio deja de convertir la cultura en lujo. Obviamente llega sin ninguna información al respecto de lo que echan, ni las horas, solo sabe que hoy la cultura está a 3,90, me la quitan de las manos. Así que se planta delante de los carteles e intenta percibir algún tipo de vibración positiva de alguno de ellos. Cuando lo tiene claro, se vuelve y le comenta a su mujer: Paqui, vamos a ver esta de “Agosto”. Sale la puta de “Pretty Woman”, el Obi Wan joven y la mujer esta que gana muchos premios y está nominada para los Oscar, que lo he visto en La Sexta 3.

Así que, decididos, compran la entrada y entran en la sala, con tan mala suerte que la película ya está empezada, las luces apagadas y, por mucho que esperan a un acomodador, parece que no da llegado. Malditos recortes.

Haciendo gala de más recursos que Mac Gyver con una navaja suíza, tiran de linterna de móvil y se mueven por el pasillo discutiendo bajito. Todo lo bajito que puede discutir una pareja que lleva treinta años casada: Creo que es la fila cuatro. Esa no es la cuatro, Antonio, esa es la cinco. No, esa es la butaca cinco, pero de la fila cuatro. ¿Y cual es nuestra butaca? No lo sé, ¿dónde viene en el billete?, no la veo. Ahí, la 11. Ah, pues será al final, que estas primeras están ocupadas por estos muchachos.

Así que, tras hacer levantar a las seis personas que preceden a sus butacas, mientras los cuchicheos de los de atrás, que en vez de ver a Sam Shepard comentando lo agria que es su vida de alcohólico casado con una mujer drogadicta, ven un montón de peña levantada, inundan la sala, muy lentamente, los domingueros de cine llegan a sus butacas.

Es en ese momento cuando te das cuenta de que esta gente ha venido forrada en plástico. Se sacan aparatosamente las prendas de abrigo, rebuscan las gafas, guardan el móvil y absolutamente todo suena como si un mono rabioso estuviera peleando con una bolsa del Mercadona.

Después de esto, el dominguero de cine ya no da más la tabarra. Se limita a quedarse quieto y encogido, esperando que las miradas de los espectadores dejen de aguijonearle la nuca, asistiendo a los problemones de esa familia disfuncional de ascendencia teatral, pero tú, que habías llegado a tu hora para no saltarte ni los trailers, ya te has perdido el prólogo.

A saber qué pensaba Sam Shepard sobre T. S. Elliot y su creencia de que la vida era muy larga.

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