DÉJAME SALIR

Más inquietante que el prejucio a bocajarro, que aquel que se muestra sin tapujos ni vergüenza, como el que procede de un descerebrado de “Hogar Social Madrid” o de uno de esos padres de bigote enhiesto y sesera seca que van a llamar maricón al árbitro en el partido de su hijo, es el que se esconde tras una fachada de liberalismo progre y buenas maneras.

En el primero, sabes a lo que te atienes. Rodeas al cavernícola y sigues tu camino. El segundo es más difícil de evitar. Cuando te quieres dar cuenta, estás en medio de una discusión en la que tratas de no acalorarte al escuchar insultos, racismo, homofobia o machismo en neolengua, bajo una perfumada pinta de moderno bienpensante y maneras de ilustrado neoliberal.

Jordan Peele, cómico afroamericano, casado con Chelsea Peretti, actriz blanca, debe haber vivido situaciones ojipláticas en más de una ocasión, en las que el interlocutor trata de justificar su ignorancia o un prejuicio que no acaba de superar hablando de Obama, Tiger Woods, Michael Jordan o Spike Lee.

Esto le ha llevado a retorcer la idea y plasmarla en un guión de terror psicológico que ha dado como resultado su primera incursión tras las cámaras, consiguiendo uno de los bombazos de la temporada. Cinco milloncejos de dólares de nada de presupuesto que se han traducido en más de 200 millones de recaudación, por el momento.

Y no es para menos, pues Peele filma una película que pone muy nervioso, alejándose de los tópicos del género. No hay asesinos sanguinarios, ni zombies putrefactos, ni aliens con ansias de dominación intergaláctica, ni casas repletas de espíritus cabreados. Tan sólo un problema estructural de la sociedad americana de barrio pijo aumentada, retorcida y adaptada a una peli que acaba provocando que las uñas del espectador desaparezcan a mordiscos.

Porque una de las normas básicas del género, tanto de terror como de ciencia ficción, es que muchas de sus mejores obras son las que se apoyan en características de la sociedad de la época. Guerras, cazas de brujas y crisis varias han dado lugar a obras maestras que, si uno se queda en la superficie, nada parecen tener que ver con el meollo del asunto.

En “Déjame salir”, tras un breve prólogo que deja entrever parte de la dirección que va a tomar la historia, vemos cómo Chris, fotógrafo y negro, hace las maletas para acompañar a su nívea novia a visitar a los padres de ella. El nerviosismo de él es patente, pues los suegros nada saben del color de su piel y la experiencia le dice que los primeros contactos en ciertos ambientes no siempre resultan naturales y fluidos.

Pero el escenario que se encuentra en la modélica urbanización a la que acude, excede todas las expectativas. La sensación de que las cosas no van como debieran se manifiesta desde el primer momento. La excesiva amabilidad de los progenitores, el trato con las pocas personas de color que se encuentra por el camino y las absurdas situaciones que se encuentra en la reunión anual de amigos de la familia irán en aumento sin descanso.

Poco más se puede contar del argumento sin llegar a destripar la historia. Lo que sí es cierto es que Jordan Peele ha sabido conjugar experiencias propias con las vueltas de tuerca necesarias para hilvanar una película que funciona a las mil maravillas, en gran parte gracias al trabajo de los actores: Daniel Kaluuya (“Black mirror”), Allison Williams (“Las chicas Gilmore”), Catherine Keener (“Cómo ser John Malkovich”), Bradley Whitford (“La cabaña en el bosque”) y Caleb Landry Jones (“X-Men: Primera generación”). Todos están estupendos creando ese ambiente malsano que la función requiere.

Que gustito que cintas de este calibre copen las salas de cine y no tengan que verse en reductos festivaleros con pocas posibilidades de que lleguen a un público general.

A ver si cunde el ejemplo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.