DEADPOOL

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La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios.

“Pedro navaja”. Rubén Blades. 1978.

Los ejecutivos de Fox aún están dándole vueltas a la cabeza, preguntándose por qué no han sido capaces de prever el éxito. O cómo replicarlo. O por qué no lo consiguieron antes. No entienden por qué sus Masters en Bussiness Administration y sus simposios sobre “Cómo petarlo en Jolibú, en los cines y en los reservados V.I.P.” no les dan la visión necesaria para construir un blockbuster tras otro.

Fueron ellos los que dieron un vuelco al cine de superhéroes con la primera “X-Men” para, a continuación sufrir dolorosas derrotas con las versiones de Cuatro Fantásticos. No entienden cómo un puñado de frikis, empeñados en sacar adelante una peli sobre un antihéroe psicótico, anárquico y sangriento, una película con presupuesto ajustadísimo en la que nadie confiaba, acaba de darles el mejor estreno de su historia en el género. No logran procesar cómo “Deadpool” se ha convertido en la película de calificación “R” (para mayores de 16 años acompañados) que más ha recaudado en su estreno en la historia, cuando ellos SABÍAN que dicha letra impresa en un póster era veneno para la taquilla.

Por supuesto, ni entienden nada ni lo entenderán, porque la pasión y el amor por el cine no se aprenden en un máster caro, porque el frikismo no se estudia, se vive, porque la ambición monetaria está reñida con la ambición artística, porque el cine no es una fórmula matemática, es un sueño a 24 fotogramas por segundo.

Me alegro mucho por Ryan Reynolds, que hasta ahora era un frikazo sin suerte cuyo mayor logro había sido llevar al altar a Scarlett Johansson, aunque ni esto le duró mucho. Sin ser un mal actor, teniendo carisma y siendo guapete, su viaje a través de películas mediocres con flojo resultado en taquilla empezaba a ser crónico. Salvo “Buried”, la película de Rodrigo Cortés donde convenció al mundo de que podía actuar muy bien, su periplo por cintas de acción rutinarias y comedias románticas del montón le estaban condenando al bosque de los nombres olvidados del cine.

Lo intentó en dos ocasiones en el cine de superhéroes y ambas recayó en películas olvidables. “Linterna verde” no tenía ni pies ni cabeza, algo que podía verse venir cuando empezó a rodarse con el guión a medio hacer y su primera encarnación del personaje que acaba de situarle en el corazoncillo de los frikis de medio mundo, fue una broma pesada.

En “X-Men orígenes: Lobezno” daba vida por primera vez a Wade Wilson, que convertirían en un Deadpool con la boca cosida. Para los que no sepáis nada del personaje, es como si Luky Luke fuera manco, como si Obelix fuera delgado y gafapasta, como si Mafalda comprase la Super Pop y escuchase a Justin Bieber, como si Rajoy hablase correctamente. Vamos, un sinsentido.

En 1991, Rob Liefeld y Fabian Nicieza se hicieron la siguiente pregunta: si Lobezno es un experimento que salió bien, el Arma X, ¿hubo alguno de los experimentos de la serie que saliese mal? La respuesta acabó dando lugar al Mercenario Bocazas (Merc with a mouth), el Arma XI, un tipo al que le aplican el factor curativo del mutante de las garras de Adamantium para sanarle un cáncer y al que vuelven algo loco e impredecible.

Un tipo capaz de asesinar a sangre fría a todo el universo mutante. A todo. Héroes y villanos. ¿Por qué? Porque puede y es divertido.

Un personaje de cómic que sabe que vive en un cómic y rompe continuamente la cuarta pared para hablar con el lector.

Un marvelita alejado de las tramas políticas, de problemas de honor o de salvar el universo que lo único que quiere es cobrar por cargarse a alguien mientras lo tortura con chistes malos.

Algo completamente alejado del mutante de la boca cosida que apareció en los orígenes de Lobezno y que cabreó sobremanera a los fans y dejó a Ryan Reynolds con una espinita clavada que no ha conseguido sacarse hasta ahora, siete años después.

Todo empezó en 2011 con una secuencia de prueba que el propio Tim Miller, el director que acabaría regalándonos esta película, realizó sobre el personaje. Una pequeña muestra de la visión que él tenía sobre Deadpool que hubiese acabado almacenada en el cajón de un directivo si, en 2014, alguien no la hubiese filtrado. Cuando los internautas vieron el vídeo, enloquecieron. Aquel era el Deadpool que estaban esperando. Así que los ejecutivos de la Fox, ante la avalancha de peticiones de los fans marvelitas, optaron por dar luz verde a una pequeña cinta que, en el fondo de las cajas fuertes que bombean en sus pechos, sabían que no iba a triunfar. Imagino que esperaban que, al menos, no perdieran dinero.

Así que Tim Miller y Ryan Reynolds se volcaron en la película con ansia. Para el primero era la oportunidad de meter la cabecita en la industria y, para el segundo, suponía una redención ante tanto desastre. Ambos, se enfrascaron junto con Paul Wernik y Rhett Reese, los guionistas de “Zombieland” que habían escrito la famosa escena filtrada, en un guión final que tuviera el tono y la forma adecuada y una estructura que pudiera lucir adecuadamente en pantalla a pesar del ajustado presupuesto.

El resultado es un Deadpool auténtico, con el verdadero espíritu de los comics, que se ríe de todo y de todos, hace chistes sobre tetas y pollas continuamente y agujerea cráneos salpicando la pantalla de sangre cuando la historia lo requiere. Un reinicio del personaje que consigue escapar del típico ritmo lentorro del prólogo de un superhéroe y mezcla la acción desenfrenada del presente con los flashbacks de su origen de forma magistral. Una retahíla de coñas sobre Fox, sobre la franquicia X-Men, sobre Hugh Jackman, sobre Ryan Reynolds, sobre la industria y, por supuesto, sobre sexo.

Algunos le achacan a la película que la historia es demasiado simple pero, en mi opinión, no necesita más. Deadpool no requiere de conspiraciones galácticas o intrigas palaciegas porque él es un personaje simple. Ya le ponen un trasfondo romántico para intentar darle un poco de background a la historia, aunque es posible que ni esto sea necesario. Sin embargo, tampoco le vamos a poner peros a la aparición de la guapísima Morena Baccarin y es cierto que entre los dos consiguen una desquiciada química que da mucho juego.

Los malotes están desdibujados y los dos miembros de X-Men que aparecen tampoco ofrecen gran profundidad a la trama pero todo esto da igual porque la película es el mercenario y nadie más. Al igual que la última de Mad Max no necesita de un guión que ocupe más de un folio porque lo importante son esas brutales persecuciones de coches en el desierto, Deadpool no necesita más que sus propias réplicas para hacer que el público se desternille en la butaca.

Además, a pesar del raquítico presupuesto (raquítico para Usamérica, porque por esa pasta en España hacemos veinte películas), Tim Miller, un genio con los efectos especiales, consigue construir un grand finale apoteósico y espectacular, con una batalla de Masacre contra el mundo que nos deja pegados a la butaca.

Así que, ¿todo es perfecto en la película? Bueno, aunque salí del cine recordando escenas y aún riéndome, me dio la impresión de que podría no resistir bien el paso del tiempo. La inmediatez de los chistes, enmarcados en el rabioso presente de proliferación de cintas superheróicas que vivimos, podría lastrar un visionado dentro de unos años, momento en el que las coñas pueden haberse quedado atrapadas en el pasado. No sé si los chistes lucirán de igual forma en un segundo visionado y si la falta de sorpresa arruinará la película, que quizá se quede con poca sustancia a la que agarrarse.

Pero como diría Marshall, ese es un problema que tendrá mi yo del futuro. Mi yo del presente se lo ha pasado como un enano y está deseando ver cómo interactúa este anarquista con otros personajes del universo mutante, con un presupuesto algo más holgado y un equipo creativo que ya está dándole vueltas a la secuela. Una secuela sobre la que, si queréis saber algo más, tendréis que esperar a la mítica secuencia post-créditos pacientemente en la butaca, momento en el que vuestro colega Pool os chivará un par de cosas, a su manera.

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