DARK WATER (LA HUELLA)

 

Una película que tenía pendiente, la versión americana de su homónima japonesa, la cual había visto hace tiempo ya. La nipona venía con el sello de garantía de su director, Hideo Nakata, el mismo que parió “The ring”, una película que quizás supuso un comienzo de copia por parte de Hollywood hacia el terror del sol naciente. En el caso de “Dark water” se trataba de una película más contenida, pero con muchos puntos de encuentro con “The ring”.

En este caso el remake no se le encarga al típico director efectista americano, con vistas a sacar partido de las ideas de su antecesora a base de talonario, ni al mismo director japonés, como ocurrió con el refrito de “La maldición”, donde el director Takashi Shimizu se limitó a rodar exactamente la misma película cambiando a la protagonista japonesa por Sara Michelle Gellar. En este caso se le encarga a un director bastante intimista, y sin ninguna experiencia en cine de terror, como es el brasileño Walter Salles (“Estación central de Brasil”, “Diarios de motocicleta”), algo que en principio parece que no pega nada.

Pues todo lo contrario. Se logra, por una parte, no hacer un calco de la versión japonesa, y por otro, hacer una película más cercana a un buen drama con personajes bien perfilados que a una película de terror.

Evidentemente tiene partes de terror psicológico, y muy logradas. Pero en general es una película bastante contenida, donde se da más peso a la psicología y sentimientos de los protagonistas que a dar el susto al espectador.

La historia trata de una madre en pleno litigio de divorcio con un ex-marido vengativo, que trata de cuidar a su hija y mudarse al mejor sitio posible con el poco dinero del que disponen. Así llegan a un edificio bastante siniestro, con portero misterioso y huraño incluído, en el que empezarán a tener problemas con unas goteras y una presencia extraña. Esto destapará los traumas de la madre, cuya infancia pasó atrapada entre el abandono del padre y una madre alcohólica, que empezará a sentirse inestable y sobrepasada por todo lo que le rodea.

Todo esto transcurre en una ciudad gris, fría e inhóspita en la que no para de llover, envuelta en tonos grises. Esto contribuye a crear una sensación de desasosiego e intranquilidad que ya tenía la versión japonesa.

Los actores, muy bien elegidos. La mareantemente guapa Jennifer Connelly (“Dentro del laberinto”, “Una mente maravillosa”), que se está convirtiendo pasito a pasito en una pedazo de actriz, está perfecta interpretando a la madre que se viene abajo ante los problemas del divorcio y de su casa medio en ruinas. El grandote John C. Reilly (“Chicago”, “Las horas”), un secundario de lujo que está igual de bien en un musical, una comedia, un drama o donde le pongan. Y Tim Roth (“Reservoir dogs”, “El planeta de los simios”), un habitual de Tarantino, camaleónico donde los haya, y que no habiéndose prodigado demasiado en los últimos años, de repente parece que tiene 5 películas por llegar, y otras tres a punto de hacer.

En fin, que por una vez, y sin que sirva de precedente, no se elegir que película me gustó más, si la nipona o la americana, si la original o la adaptación.

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