CUATRO FANTÁSTICOS

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Mucho se ha comentado sobre la nueva adaptación de la familia marvelita, antes incluso de que llegara a estrenarse, y muy pocas de esas palabras han sido positivas. Que si un director desbordado, que si acusaciones cruzadas, que si un guión remozado, que si escenas re-rodadas, que si peleas en el plató, que si la productora toma las riendas del montaje…

Y es que van tres los intentos de la Fox por construir una franquicia sólida con los fantásticos y son tres los fracasos. Quizá las prisas por estrenar algo antes de perder los derechos de los personajes en favor de Marvel Studios no ayuden y es que todo empezó con la adaptación de saldo que realizó Roger Corman en 1994 que ni siquiera llegó a las salas, por vergüenza, pero que todo el que quiera puede tratar de ver aquí sin arrancarse los globos oculares y jugar con ellos al gua.

Después del despropósito, en 2005, llegó el intento de Tim Story, con más presupuesto, con más ganas y con actores más comprometidos. Y el caso es que todo mejoró considerablemente. El problema es que por aquellos tiempos ya se había estrenado X-Men y el segundo Spiderman de Sam Raimi y los frikochos ya sabíamos que las películas de tipos en mallas podían molar mucho. Y ésta, aunque era simpática y Chris Evans era el tipo perfecto para dar vida a Johnny Storm (luego veríamos que sería aún mejor como Capi), dejaba una sensación agridulce.

Sin embargo, la taquilla respondió lo suficientemente bien para dar lugar a una secuela, que podía haber sido la bomba con la llegada del surfista plateado, en la piel del actor fetiche de Guillermo del Toro, Doug Jones. Sin embargo, de repente convirtieron a Galactus en una nubecilla y pusieron a Reed Richards a bailotear y todo se vino abajo. Otra oportunidad perdida.

Ahora, cuando volvía a vencer el periodo en el que Fox tenía que estrenar algo antes de perder a los personajes, nos llega el nuevo reboot. Y ojo, porque a priori la aventura pintaba bastante bien, con Josh Trank a los mandos después de habernos dejado ojipláticos en su acercamiento al género con la tremenda “Chronicle”. Prometía un acercamiento distinto, más realista, más centrado en la ciencia ficción y en los personajes y, bueno, ¿por qué no? Podía haber resultado.

No me sumé a la polémica cuando me enteré de que la antorcha humana iba a ser encarnada por un actor negro, el mismo de la mencionada “Chronicle”. ¿Johnny y Sue hermanastros? Pues vale. Lo importante es su relación, no si han nacido del mismo vientre. Aunque habría que ver las voces que se pegarían si alguien intentase que Pantera Negra fuese blanca. Pero vale, da igual, si el carácter del personaje permanece, qué más da la raza.

Efectivamente, al final, no fue este el problema. Fue todo lo demás.

Bueno, ¿todo? No. Una pequeña parte de la película ofrece al espectador una vana esperanza de que los haters hayan exagerado con la calidad, de que al final, al menos entretenga, o de que el tono imprimido por Trank vaya contigo y el resto del mundo no haya entendido nada. En concreto, la introducción, que recuerda a aquellas producciones ochenteras protagonizadas por niños como “D.A.R.Y.L.” o “Exploradores”. Un prólogo que nos presenta a un pequeño Reed Richards que con el tiempo se convertirá en el humano más listo del planeta y un brutote Ben Grimm que será su amigo fiel, compañero y protector.

El espejismo durará muy poco.

En cuanto Reed y Ben crecen y llegan al instituto, el andamiaje empieza a resquebrajarse poco a poco. Al principio de forma casi inadvertida. Algún detalle que rechina, como ese Jamie Bell con escaso protagonismo, mero convidado de piedra que desaparece de la historia para reaparecer de forma absurda y, a pesar de todo, será una de las mejores actuaciones de la cinta.

O ese Johnny Storm enfadadísimo con el mundo no se sabe muy bien por qué, peleado con su padre, que entra de chapuzas en el laboratorio para poder comprarse un nuevo bólido y cuya química con su hermanastra es, ya no digo nula, sino negativa.

O esa Sue Storm interpretada por una Kate Mara que da la impresión de querer salir pitando de ese desastre de producción en cualquier descuido, que se supone que tiene que comenzar a enamorarse o, sentir algo por Reed en algún momento pero va a ser que no.

Uno empieza a torcer el gesto cada vez más a menudo y se pregunta: si esto va a ser una cinta centrada en los personajes y en la ciencia ficción que rodea la construcción de la máquina del cambiazo… perdón, de la máquina teletransportadora de materia y va a dejar en un segundo plano la acción propia del género, ¿por qué los personajes están tan desdibujados y con una total ausencia de química entre ellos y la ciencia ficción se centra en los fantásticos apretando tornillos?

Porque, efectivamente, la acción parece no asomarse por ninguna parte y el conflicto se carga sobre un Victor Von Doom nihilista y enfurruñado con la humanidad que dará lugar a la motivación más estúpida de un villano en una película de superhéroes reciente. Un tipo que ni siquiera quiere dominar el mundo, sino destruirlo para estar sólo. El Emo supremo, amigos.

Ah, sí, está Victor como némesis y un gobierno malo malísimo que decide retener a cuatro chavales contra su voluntad, saltándose cualquier tipo de ética, cuando ve que tienen poderes y pueden usarlos como armas en sus guerras particulares. Original y muy realista, como nos habían prometido, ¿eh?

Hablando del momento en el que los protagonistas consiguen los poderes, aquí es cuando empieza algo de la acción. Muy, muy poquito. Vemos a la Cosa peleando en unos monitores del ejército y a los otros tres probando sus poderes. Podríamos pensar que, al menos si esto es espectacular, podríamos disfrutar con las clásicas escenas de los héroes descubriendo de lo que son capaces, pero tampoco. Los efectos especiales son, en general, tan cutres, tan de todo a 100, tan de Paint, que caminan peligrosamente sobre la frontera de la vergüenza ajena.

Excepto el diseño de la Cosa, cada movimiento, cada vuelo, cada pelea, nos retrotrae a los años 80, cuando las técnicas era más rudimentarias. Es más, el vuelo de la Antorcha Humana está mucho menos conseguido que el del “Superman” de Christopher Reeve. ¿Cómo es esto posible?

Si vais a verla, por favor, fijaos en un cabezazo que le da Ben Grimm ya transformado a Reed Richards y tratad de no soltar una carcajada. Eso sí que es una verdadera misión imposible.

Así que, poco a poco, llegamos al clímax final. Por fin comienza la gran batalla en la que los héroes deben salvar el universo y… dura diez absurdos minutos. Una pelea contra un Dr. Doom que minutos antes desintegraba figurantes con la vista, se olvida de que puede hacerlo cuando pelea contra los fantásticos y, claro, así le meten una paliza en menos que se tarda en decir “es la hora de las tortas”.

Así que, se deshacen de uno de los supervillanos más interesantes del Universo Marvel de un plumazo y se acaba la película. Ah, no, calla, que me falta la broma final. Un epílogo en el que Mister fantástico encuentra el nombre del super grupo de la forma más ingeniosa y humorística posible.

No. Es ironía. Otra pequeña dosis de vergüenza ajena.

No tengo ni idea de si la idea inicial de Trank era fantástica y no le han dejado llevarla a cabo, de si ha sido él no ha podido manejar una superproducción (de momento era el candidato favorito a dirigir una de los spin off de Star Wars y ya le han dicho que va a ser que no), de si Fox es una tapadera de grandes mentes criminales dedicadas a acabar con los Cuatro Fantásticos (desde luego lo están haciendo mejor que Doom y Galactus juntos) o si todo el mundo involucrado en esta película estaba drogado. El caso es que, tras tres intentos infructuosos, no estaría mal que la productora se plantease agachar la cabeza y devolver a los héroes a su lugar de nacimiento.

Y ya de paso, les pediría que se replanteasen lo del reboot de “Jumanji”.

En serio, dejad de sodomizar nuestra memoria friki.

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