COMO SI PASARA UN TREN

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Habiendo vivido la mayor parte de mi vida en Vigo, mucha gente no entiende cómo me puede gustar tanto vivir aquí en Madrid. Cómo no me invade la morriña, el recuerdo de la brisa marina, de los paseos por la playa, del pulpo y las zamburiñas, de la familia y los amigos de toda la vida, del acento cantarín, de las tardes de lluvia…

Y claro que tengo una profunda nostalgia de todo eso. Como decía Manquiña en Airbag: “lo mismo te digo una cosa, como te digo la otra”. Y vuelvo cada vez que puedo a las Rías Baixas a respirar al lado del mar, a pasear por Rodas, a zamparme un pulpo á feira, a besar a mis padres y reírme con mis amigos, a que se me pegue de nuevo el acento vigués y a salir sin paraguas con el cielo encapotado. Pero Madrid ofrece tal cantidad de propuestas culturales y de ocio que es muy difícil no enamorarse de esta ciudad y convertirse en madrileiro de adopción.

Esta semana pude asistir a uno de esos momentos mágicos en los que, de vez en cuando, se cae, así como de casualidad. Uno de esos descubrimientos que sólo ciudades con tanto movimiento artístico y culoinquietismo pueden ofrecer. Una recomendación, una sala muy pequeñita, tres actores brillantes y una gran historia. Y de repente, patapúm, asistes a una de esas pequeñas joyas que hay enterradas entre toneladas de propuestas.

A Magú le habían hablado muy bien de esta obra en una sala pequeñita llamada La Trastienda, un pequeño gran proyecto que ofrece TEATRO, con todas sus letras en mayúsculas, en multitud de formatos y propuestas. Un espacio escénico diferente, que integra a los actores entre el público, haciendo mucho más palpable y transparente su trabajo. Una habitación, unas cuantas sillas y una puesta en escena sencilla y al alcance de la mano que pone de manifiesto lo bello y complicado del oficio de actor, de comediante, de cuentacuentos.

Lorena Romanín, guionista y actriz bonaerense, escribe “Como si pasara un tren”, expresión porteña que viene a decir algo parecido a nuestro como si lloviese. Vamos, que yo te hablo y por un oído te entra y por el otro te sale. Una obra íntima que cuenta una historia de incomunicación, de prejuicios, de amor repartido de forma rara. Una dramedia de diálogos naturales y acertados, dirigido con mucho tino por Adriana Roffi, que cuenta la historia de Susana, una madre divorciada que vive en un pueblo con su hijo Juan, adolescente con retraso madurativo que se ha quedado anclado en la infancia y de la burbuja de sobreprotección que se ha creado alrededor de esta convivencia. Burbuja que se tensa y corre el peligro de reventar con la llegada de Valeria, adolescente de la capital que es exiliada a la vida rural y tranquila por su madre, después de encontrar un porro entre sus pertenencias.

La relación que se establece entre dos personajes que creen saber más de lo que saben y uno que parece que sabe menos de lo que sabe, da lugar a un puñado de situaciones tiernas, graciosas y tensas, que resultan aún más cercanas en ese espacio en el que los actores circulan entre el público. Esto hace que la sensación de ser un espectro colándose en una casa ajena se multiplique y podamos ser testigos excepcionales de cada gesto, de cada mirada, de cada pequeño detalle. Algo que podría ser fatal en el momento en el que se apreciase el mínimo destello de artificialidad pero que, en este caso, tan sólo nos hace testigos del increíble dominio de la actuación de María Morales (“Amar es para siempre”, “El barco” y nominación al Goya por su papel en “Todas las mujeres”), Carlos Guerrero (forjado en musicales como “West Side Story” o “High School Musical” y varias obras de teatro) y Marina Salas (“El barco”, “The Pelayos”).

Encontrar una obra de estas características es como si Scrat, la dicharachera ardilla de “Ice Age”, encontrase un roble cargado de bellotas sólo para ella.

Sólo que, en este caso, mola compartir el secreto.

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