COMANCHERÍA

Jeff Bridges es un potentado de la actuación. Viene siéndolo desde que tengo memoria, desde que lo descubrí en “King Kong”, “TRON” y “Starman” y ya llevaba haciendo películas seis años cuando se dejó caer por la Isla Calavera.

Naciendo en una familia como la suya, era difícil que, al menos, el chaval no se hubiera interesado en algún momento por la profesión de actor. Su padres era el actor Lloyd Bridges (“He elegido un mal día para esnifar pegamento”), su madre la actriz Dorothy Dean Simpson y su hermano el actor Beau Bridges. Jugar al Gestos en esa casa tenía que ser como una master class.

El tío no ha parado de regalarnos actuaciones en más de cincuenta años de carrera. Sumadas al trío que acabo de mencionar, films como “El rey pescador”, “El gran Lebowsky”, “Arlington Road” o “Valor de ley” le han colocado como uno de mis actores predilectos. Es casi imposible que la pifie en un papel o que no otorgue kilopondios de calidad a una peli y últimamente le ha pillado el punto a ese veterano de vuelta de todo, malhablado, sagaz y con una vocación de perdedor que está exprimiendo muy bien, con esa voz cazallosa que ha ido adquiriendo con el tiempo y ese rostro surcado de arrugas.

Una gran parte de “Comanchería” es este personaje que acabo de describir y que tan bien se le da a nuestro amigo Jeff, sin embargo, no lo es todo. El casting es una verdadera maravilla y todos están perfectos en sus papeles. Chris Pine sigue empeñado en demostrar que no solo es el héroe guapete y cool de “Star Trek” y se arriesga con papeles mucho más contenidos, como éste o el de “Infectados” o paródicos e histriónicos como en “Into the woods”. Aquí interpreta al hermano más centrado, dentro de la locura de familia que le ha tocado y lo hace de manera perfecta.

Ben Foster también está estupendo. También él pudo ser uno de esos guapetes que se dejasen ir hacia papeles alimenticios de héroe pero también él se apunta a los papeles complicados y aquí le vemos con la pinta de usamericano sureño fiel votante de Trump dispuesto a romper todas las reglas que haga falta para ayudar a su hermano. Otro papel de perdedor en un mundo de perdedores.

Nada hay fuera de lugar en la película de David Mackenzie, el escocés que ha dirigido el guión de Taylor Sheridan, escritor de “Sicario”. La historia es tan árida y descarnada como el propio territorio en el que se sitúa, retratando el viaje de supuesta justicia moral que emprenden estos hermanos acuciados por las deudas en donde todo se mueve en claroscuros alejados de la división entre buenos y malos.

Y, sin embargo, por alguna razón, la película no consigue conmoverme como debería. No me involucra por completo en la cruzada desesperada de los hermanos, ni me arrastra al canto del cisne de ese ranger que tiene miedo a jubilarse, ni me emociona la relación sardónica que tiene con su compañero de sangre india.

Todo es correcto y está en su sitio, tiene diálogos por momentos brillantes y la peli se dirige a donde debe hacerlo pero, por alguna razón, no ha llegado a parecerme la obra maestra que las nominaciones y los premios proclaman que es.

Cosas de la maldita subjetividad y el libre albedrío.

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