CISNE NEGRO

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Voy a tomarme un respiro entre crónicas festivaleras y pasarme a terrenos más conocidos, porque esta semana me zampé “Cisne negro”, una peli que cuenta con un puñado de gente que, sin poder dar razones convincentes ni conocerlos, me caen especialmente bien: Darren Aronofsky, Natalie Portman, Vincent Cassel y Mila Kunis, un plantel muy globalizado ya que, respectivamente, nacieron en Brooklyn (Usamérica), Jerusalem (Israel), París (la France de la patrie) y Chernivtsi (Ucrania). Juntos han construido una de las pelis de las que más se ha hablado durante este inicio de año, sobre todo gracias a la intensa interpretación de la Portman, que iba acaparando premios allá por donde pasaba, incluyendo el Oscar, el globo de oro, el BAFTA (los grandes premios británicos) y la Copa Geller. Bueno, este último igual me lo he inventado pero el caso es que ella y Colin Firth han sido el rey y la reina del baile de fin de curso en lo que a cinematografía se refiere.

Como decía, no hay razones muy coherentes de por qué me caen bien, pero todos tienen detalles en su trayectoria vital que me llaman la atención. Aronofsky empezó con dos peliculones que cambiaron mi forma de ver el cine, su ópera prima “Pi, fe en el caos” y la rayante “Requiem por un sueño” y encima va y se casa con la deliciosa Rachel Weisz, aunque luego se divorcian y acaba de apearse del rodaje de “Wolverine” y eso le ha restado algún que otro punto. De Natalie es imposible no enamorarse al verla en su primer papel conocido en “León, el profesional” interpretando a esa lolita de carácter luchador. Además, a pesar de que ha vivido la fama desde una edad muy temprana parece una de las personas más equilibradas y lúcidas de Hollywood. Vincent Cassel me pareció un tipo muy majete cuando vino a recibir premio y presentar peli a Sitges, esforzándose en hablar castellano a pesar de que él decía que hablaba portuñol y el haber enamorado a una dama como Monica Belucci con ese careto raro lo convierte automáticamente en un héroe. Por último, Mila Kunis se ganó mi simpatía desde el momento en que supe que pone voz a un montón de dibujos animados, incluido el personaje de Meg de “Padre de Familia” y por esa forma de actuar sencilla y despreocupada que tan bien cuadra en comedias como “Paso de ti”.

Pero hablemos ya de la peli, que luego decís que me enrollo y hablo de cualquier cosa menos de lo que he venido a hablar, todo lo contrario que Umbral. Todo empezó con un guión de un tal Andrés Heinz sobre la rivalidad entre dos actrices de Broadway que llegó a manos del director. Darren lo leyó y supo que podía llevarlo a un terreno en el que siempre había querido entrar al ver la presión física y mental a la que se veía sometida su hermana cuando hacía ballet. Junto con Mark Heyman modificó el primer planteamiento hacia una historia oscura sobre una bailarina que es elegida para interpretar el rol principal de “El lago de los cisnes”, una obra dramática de engaños, traiciones y hechizos que supone uno de los papeles más difíciles de llevar a cabo en el mundo del ballet. La bailarina principal debe interpretar dos papeles antagónicos, el de Odette, el “cisne blanco”, cándida, dulce y enamorada del príncipe Sigfrido y el de Odile, el “cisne negro”, hija del malvado hechicero Rothbart, que se hace pasar por la primera para que el príncipe se case con ella y romperle así el corazón a Odette. El bien y el mal interpretado por una bailarina que debe transmitir al público dos sensaciones opuestas a través de sus movimientos. Tiene tela.

En esta tesitura se encuentra Nina, el personaje interpretado por Natalie Portman, una chica frágil e introvertida, llenita hasta arriba de tabúes, obsesionada con la perfección en la danza y sobreprotegida por una madre soltera algo neurótica que carga contra ella sus frustraciones, echándole soterradamente la culpa de verse obligada a abandonar su carrera como bailarina para criarla. Una persona tan quebradiza es caldo de cultivo para que el agobio de un gran papel pueda provocar un click en su cabeza al recibir presión desde un montón de frentes: el coreógrafo, los compañeros, su madre y por encima de todo ella misma. La obsesión por meterse en el papel provoca un cambio en su personalidad y la conduce poco a poco hacia la psicosis, quebrando su mente en un paralelismo con las dos caras del cisne.

Aronofsky convierte la película en un thriller psicológico que flirtea de vez en cuando con el mejor terror, aquel que aparece de forma sutil y de puntillas y que juega con la mente del espectador sin dejar claro qué es lo que está pasando en ningún momento. Leí en una entrevista en la que el director comentaba haber tenido como referencia al Polansky de “Repulsión” y “El quimérico inquilino” y al Cronenberg de “La mosca”. Mi vasta incultura cinematográfica me incapacita para opinar sobre las referencias al director francés pero los paralelismos con “La mosca” son muy claros, tanto en los aspectos psicológicos que muestran la tortura de una mente que está sufriendo una metamorfosis como en ciertos planos (esas grimosas escenas de uñas, ¡ay! que se me erizan los pelos del lomo).

La dirección de Aronofsky es impecable, algo que ya sabíamos de sus películas anteriores, pero en este caso brilla especialmente en los momentos en los que le toca introducirse en la danza. La cámara es, en todo momento, un participante más de la coreografía, moviéndose entre los bailarines con una precisión picométrica (que se note ahí el ramalazo de ciencias), haciéndonos partícipes de la belleza del ballet. O en esos primeros planos de los pies de las bailarinas, capturando cada detalle, poniendo de manifiesto la exquisitez de un arte tan complicado, en donde sobresale el trabajo brutal de Natalie Portman, que llevaba parte adelantada al haber hecho ballet hasta los 13 años, pero que ha tenido que depurar su técnica hasta extremos casi imposibles en tiempo record y transformar su cuerpo radicalmente para convertirlo en el de una profesional de la danza. Menos mal que como premio se ha llevado a casa a Benjamin Millepied, el coreógrafo que le echó una mano en su entrenamiento (y en otros sitios) y que interpreta en la peli a David, que a su vez interpreta en el ballet al príncipe Sigfrido y con el que tendrá su primer retoño en breve (toma detalle Cuore).

Por poner una pequeña nota negativa en todo esto, que no todo van a ser alabanzas, la trama se centra tanto en Nina que el resto de personajes quedan algo desdibujados y esquemáticos, como personas desenfocadas en el segundo plano de una fotografía. Está claro que el personaje central es el elemento importante del encuadre y es en ella donde se nota el excelente trabajo de definir una personalidad frágil y autodestructiva pero esto lleva a que los que la rodean sean el espejo de aquellas cualidades importantes para la trama que se quieren resaltar: madre dominante y sobreprotectora, coreógrafo seductor y egoísta, compañera vividora y manipuladora.

De todas formas, Aronofsky ahonda en su obsesión de adentrarse en el alma humana y tirar de las cuerdas a ver qué es lo que pasa y continúa de forma magnífica el trabajo de investigación de profesiones estresantes que inició con “El luchador”, volviendo a conseguir un trabajo impresionante de su actor/actriz principal y una película que pone otro peldaño en una carrera que va camino de pasar a los anales (con perdón de la expresión) del cine.

Joe, que denso me ha quedado todo, ¿no?

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