CARTAS DESDE IWO JIMA

 

Completado el… ¿como se puede llamar? Binomio, dúo, bilogía. En fin, que ya he visto las dos visiones del maestro Clint Eastwood sobre la ahora famosa batalla de Iwo Jima.

“Banderas de nuestros padres” veía el conflicto desde el punto de vista americano, y dividía la trama entre lo vivido en la isla y el regreso de tres marines a Usamérica que son elevados a la categoría de héroes para conseguir fondos destinados a la propia guerra.

En este caso toda la trama se centra en la isla, sobre ella y bajo ella. Pocos días antes del desembarco americano se produce la llegada del general japonés que liderará a su ejército en la imposible misión de contener a un enemigo que les desborda en número y armamento. Para ello elabora una táctica que va contra la experiencia y la tradición de oficiales de más edad y menor rango que aceptan a regañadientes las órdenes del nuevo.

En esta historia mucho más contenida que su pariente rica (“Cartas…” contó con un presupuesto 40 millones de dolares menor que “Banderas…”) Eastwood disecciona tres tipos de personalidades dentro del ejercito japonés encerrado en la isla. Por una parte dos oficiales que conocen la cultura americana, han pasado en el país rival una parte de sus vidas y tienen amigos allí. Estos hombres se ven divididos entre una cultura que en realidad admiran, y la lealtad hacia su imperio, sin que esto les haga menos eficientes en su obligación.

Por otra parte están los oficiales nipones que nunca han salido de su país, que entienden a la cultura americana como infinitamente inferior y que se rigen por un código de conducta basado en el honor y las tradiciones.

En tercer lugar se encuentran los soldados adolescentes, que se enfrentan a un destino ya conocido. Saben que no podrán salir vivos de aquella isla y se ven en medio de un imperio con unas normas estrictas acerca del deber y el propio instinto de supervivencia.

Con estos ingredientes el director, con gran ayuda de un acertadísimo guión de la escritora norteamericana de origen japonés Iris Yamashita, construye una historia de personajes complejos, sin buenos ni malos, demostrando que hijos de puta los hay en todas partes y en todos los bandos. La cámara del director se va paseando de puntillas entre los sueños y las preocupaciones de los personajes, sobre todo del general japonés, interpretado de forma magistral por Ken Watanabe. Entre su cara pública y las íntimas cartas que le manda a su esposa y los dibujos que le va haciendo a su hijo, comprendiendo en gran medida las aristas de una persona leal a su imperio pero con una sensibilidad y una cultura mayor que la de los hombres que le rodean.

Sin efectismos ni material lacrimógeno adicional consiguió llegar a tocar mi fibra sensible mucho más de lo que lo pudo hacer el guión tramposo de “En busca de la felicidad”. Una estructura sencilla para meterse en la complejidad de los sentimientos y las personalidades humanas. Todo ello acompañado de una fotografía parecida a la de “Banderas de nuestros padres”, gris, triste, con tonalidades de fotografía antigua y una música minimalista e igualmente desesperanzadora compuesta por Kyle Eastwood, hijo del dire, y Michael Stevens.

Una película redonda, que eleva aún más la categoría de Clint Eastwood como director (que lo mismo le da rodear con equipo japonés que traducir a Morricone desde el italiano en el escenario de los Oscar) y que sigue poniendo en entredicho el oscar a mejor película y mejor director de Scorsese y sus “Infiltrados”.

 

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