CARANCHO


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Hay veces en las que es complicado entrar en ciertas historias. Se dice que el cine es un lenguaje universal, pero los cuentos que nos narra a veces están muy localizados. Ese es un obstáculo que la pericia de un director puede salvar de forma que, aunque no estemos identificados con las costumbres y los caracteres propios del lugar en el que se desarrolla la historia, aunque nos perdamos detalles propios del folclore, la manera en que se nos cuenta puede llenar estos huecos.

Me imagino, por ejemplo, a un yanki en la corte del rey Arturo. Ups, perdón, se me ha ido. Me tomo la medicación y sigo. Quería decir que me imagino a un yanki viendo una peli de Almodovar. Películas que beben de personajes típicamente españoles, con maneras reconocibles por cualquiera que vaya por la calle con los ojos mínimamente abiertos. Nuestro aventurado guiri, se perderá un montón de guiños y detalles que nosotros pillaremos al vuelo. A pesar de ello, puede disfrutar con la película, pero de un modo completamente diferente a un tipo que ha vivido toda su vida en España y no digamos, en Alpedrete de los Almodóvares (ah, ¿que este pueblo no existe? Pero si es una localización de “Spanish movie”, que yo lo he visto).

Algo así me ha pasado con “Carancho”. Me sentía un poco guiri en ese Uruguay nocturno y mafioso. La historia no me pareció que estuviera mal, pero creo que me perdía en los detalles, en las frases y en los modos de unos personajes raciales y buscavidas. El formato de cine negro repleto de perdedores con morales ambiguas tenía un poso que quería atraparme, pero me vi regateándolo muchas veces siguiendo los quiebros de una sociedad que me es ajena.

Y me hubiese perdido en mis pensamientos muchas más veces si no fuera por ese gigante de la interpretación que es Ricardo Darín. Un tipo que consigue ser creíble de estafador, de padre de familia o de folclórica adicta al chinchón (este papel aún no se lo han ofrecido, pero estoy seguro de que también lo bordaría). La película se sostiene en varios momentos gracias a él, ya que varias veces me vi a punto de bostezar con planos secuencia excesivamente alargados y un argumento que tenía un principio y un final claro pero que se perdía varias veces en el camino.

El asunto va de estafadores de pólizas de seguros. Tipos que se apostan, como buitres, alrededor de las víctimas de carretera para intentar obtener un buen pedazo de indemnización, a ser posible dejando a la propia víctima con una pequeñísima parte del botín. En medio de esa inmundicia, trata de sobrevivir Sosa, un tipo cuyos escrúpulos le gritan que salga de esa rutina y a los que trata de hacer caso cuando conoce a Luján, una médica de urgencias taciturna y permanentemente cansada por causa de las largas jornadas en el hospital y la ambulancia.

Cine negro adaptado a la idiosincrasia de un país, con personajes típicos del género pero evolución errática. Una peli que no creo que perdure demasiado tiempo en mi memoria, demasiado repleta de información inútil como para retener información insulsa. Ni Pablo Trapero es John Huston, ni Martina Gusman es Lauren Bacall, aunque Ricardo Darín podría haber acompañado las andanzas de Bogey como Sam Spade sin desentonar lo más mínimo.

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