CALLE CLOVERFIELD 10

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Han pasado ya ocho años desde que se estrenó una película que supuso un hito en cuanto a marketing se refiere. Por aquel entonces, se pensaba que iba a revolucionar la promoción a través de internet pero al final no fue para tanto. Eso sí, el artífice del tinglado, la cabeza pensante que había detrás de la campaña, enseñaba ya la patita y nos daba una idea de cómo concebía el cine y a dónde iba a ser capaz de llegar. Ya nos había obligado a ser monotemáticos en las tertulias frikis una vez a la semana hablando de islas y osos polares y acabaría dirigiendo la secuela más esperada del mundo cinéfilo. Hablamos, cómo no, de J. J. Abrams.

Es cierto que el envoltorio del proyecto tenía el estilo de Abrams pero el aprendiz a mago de Hollywood no estaba involucrado en la construcción de la película. Ni falta que hacía, pues los nombres que había detrás también eran de órdago. Drew Goddard en la escritura del guión, el tipo que concibió la adaptación televisiva de “Daredevil” para Netflix y escribió “Cabin in the woods” y “Marte”. Tras la cámara Matt Reeves, responsable de la versión americana de “Déjame entrar” o de “El amanecer del planeta de los simios”. Ambos eran buenos amigos de Abrams y habían trabajado en los proyectos televisivos de éste último y entre los tres formaron un gran equipo para presentar una película que, con medios más bien escasos, ofrecía una gran dosis de misterio y acción.

Aquella película se tituló “Monstruoso” en nuestro país, por eso estamos algo despistados con la llegada de esta nueva inmersión en aquel universo. La película se titulaba “Cloverfield” en su origen, palabra que aparece en el título de esta nueva, que por allá han bautizado como “10 Cloverfield lane”. Vamos, un lío.

El caso es que esta película no es una secuela al uso. Es más, en su concepción no podrían ser más opuestas y podría funcionar perfectamente como película individual. Mientras aquella se movía con furia y velocidad por toda una ciudad, ésta transcurre en el claustrofóbico interior de un búnker y, a priori, no vemos la relación entre ambas por ninguna parte. Lo cual, añade aún más misterio a la coincidencia de título y productora.

Por no coincidir, no lo hacen ni escritor ni director. En el primer apartado hay hasta tres nombres, dos de ellos dedicados a historia y guión (Josh Campbell y Matthew Stuecken) y uno de ellos sólamente a pulir el guión (Damien Chazelle), siendo éste último el más conocido, ya que es el responsable de dos cintas tan interesantes como “Grand piano” y “Whiplash”. Mientras que en lo que respecta a la dirección encontramos a Dan Trachtemberg, responsable hasta ahora de un par de cortometrajes (uno de los cuales, llamado “Portal: no escape” podéis encontrar aquí).

Esta es una de las facetas de Abrams que más admiro, su capacidad para concebir proyectos, en un brainstorming eterno, que va repartiendo entre jóvenes con enormes potenciales, convirtiéndose en una fábrica de nuevos talentos que dan salida al avispero de ideas que se le van acumulando.

Así que, si no es una continuación al uso de “Monstruoso”, ¿qué pasa en la dirección del título? Pues en aquel número de la Avenida Lane, Howard, interpretado de forma magistral por el siempre magistral John Goodman, se ha construído un refugio subterráneo, por si acaso llegaba el Armaggedon o algo. Y el caso es que, fíjate tú cómo son las cosas, ha llegado. O al menos eso es lo que él cree.

Pero no se ha aislado allí en solitario, puesto que en ese caso la película se hubiese quedado algo escasa de historia, sino que por el camino ha recogido a Michelle (Mary Elisabeth Winstead) y Emmet (John Gallagher Jr.) y allí viven con él sin saber muy bien si son reclusos de un loco o han tenido la suerte de ser rescatados por un iluminado.

La película basa su fuerza en esta duda hitchockiana, en la continua pregunta de si el dueño de la casa, que mantiene cada salida cerrada a cal y canto, es un maníaco con oscuras intenciones o un samaritano que los mantiene a salvo de un mundo exterior peligroso y masacrado. Y mantiene la tensión gracias, en su mayor parte, a la actuación superior de Goodman y la muy buena réplica de Winstead, además de un guión muy bien construído que va aportando nuevas pistas de lo que sucede durante sus perfectamente ajustados 100 minutos.

Para saber cómo acaba este tinglado, alejaos de amigos bocazas y de algunos posters que parecen diseñados por enemigos del estudio y acudid al cine con la misma mentalidad con la que nos sentábamos delante de la pantalla de televisión, hace años, a dejarnos atrapar por un nuevo capítulo de “Alfred Hitchcock presenta”.

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