CALL ME BY YOUR NAME

Todo ser viviente con algo de purpurina en el corazón recuerda algún amor de verano de juventud. Sensaciones cálidas guardadas en tonos pastel en algún rincón de la mente. Puede que con alguna música pasada de moda sonando de fondo a modo de banda sonora. Sentimientos puros, quizá modificados por el paso del tiempo e idealizados, filtrados a través del tamiz del cerebro adolescente.

La novela de André Aciman, el guión basada en ella de James Ivory y Luca Guadagnino y la película dirigida por éste último tratan de plasmar esta sensación construyendo el amor de verano entre Elio Perlman, un chaval trilingüe de 17 años que pasa cada verano con sus cultos padres en una villa del norte de Italia y Oliver, un pivón de 24 años que acude a la casa familiar como becado del padre de Elio, para ayudarle a catalogar y documentar en sus labores académicas.

Un verano de descubrimiento personal, de pasiones culpables, de experimentos sentimentales, de música, de literatura, de sabores a fruta recién recogida del árbol, de bailes en fiestas de pueblo, de baños nocturnos en ríos calmados, de vellos erizados por el deseo.

Con todo esto uno puede imaginar quizá algo del estilo de “Brokeback mountain” o “la vida de Adèle”, sin embargo, aunque tiene el punto en común de una relación gay, la propuesta está muy alejada de estas dos películas. Aunque Elio tiene dudas no existe drama en enamorarse de otro hombre. Si hay algo que caracterice el film del realizador italiano es la normalidad y la huída de los efectismos.

No sólo Oliver es perfectamente consciente de su bisexualidad, sino que la atracción de Elio hacia él es tomada por el joven con tranquilidad, a pesar del sufrimiento de no verse al principio correspondido y todo su entorno protege con ahínco las decisiones del chaval. La película es, en todo momento, un canto a la libertad y al amor, tanto romántico como familiar y fraternal.

Guadagnino se recrea en los frondosos paisajes italianos, en la belleza de los cuerpos y en la serenidad de unos actores que brillan por su naturalidad y su entrega, comenzando por sus dos actores principales, Timothée Chalamet y Armie Hammer. El primero, un enorme descubrimiento que es capaz de aguantar planos larguísimos llenando la pantalla de emoción aparentemente sin gran esfuerzo y el segundo un actor que ya se merecía un papel que demostrase las enormes dotes interpretativas que se intuían desde películas como “La red social” y que a punto estuvo de no aceptar el reto, desconfiando de si podría estar a la altura de lo que el papel requería.

La química entre ambos es asombrosa y cada vez que salen juntos en pantalla saltan chispas. Pero es que además están rodeados de actores que hacen crecer la película enteros. Los padres de Elio, interpretados por Michael Stuhlbarg y Amira Casar forman un nido familiar en el que a uno le encantaría quedarse a vivir, repleto de libros, poesía, música y conocimiento y las muchachas del pueblo, encarnadas por Esther Garrel y Victoire du Bois podrían ser parte de la pandilla del pueblo de cualquiera.

La película ha recibido alabanzas por casi cualquier rincón, salvo alguna voz intolerante y rancia como la de James Woods que hizo gala de su homofobia en un tweet que rezaba “Nos están quitando poco a poco las últimas barreras de la decencia #NAMBLA”, aludiendo con el hastag a una red organizada de pedofilia estadounidense. El mismo Armie Hammer se encargó de contestarle en su día preguntándole si no era él el que había salido con una muchacha de 19 años teniendo el actor 60 y la actriz Amber Tamblyn siguió echando leña al fuego aludiendo a una ocasión en que el actor había intentado ligar con ella a pesar de contar con tan sólo 16 años.

Por suerte, voces hipócritas y casposas como la de Woods siguen siendo minoritarias y “Call me by your name” es una de las nominadas a mejor película en los Oscar de este año y no para de recibir reconocimientos en multitud de festivales.

Por otra parte, a pesar de apreciar la belleza en fondo y forma de la película, en algunos momentos se me llegó a hacer un poco larga. En los 130 minutos que dura, Luca Guadagnino se esfuerza por mostrar la relación entre ambos adolescentes despacito, llenando la narración de metáforas y sutilezas y a veces el ritmo me pesó. En realidad apenas hay conflicto y no estoy acostumbrado a ver películas de este tipo, con lo que me encontré revolviéndome en la butaca en más de una ocasión.

De todas formas, pesan más los momentos de disfrute que los de impaciencia y a todas las bondades comentadas hay que sumar una banda sonora exquisita, formada por piezas de música clásica, de pop nostálgico, de jitazos italianos y de varias canciones del nuevo niño bonito de la música tranquilota, Sufjan Stevens, una de las cuales también opta al premio de la academia de Hollywood.

Ay, los amores de adolescencia, quien tuviera un pensadero para revivirlos como el que revisa una película vista en la infancia.

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