BANDERAS DE NUESTROS PADRES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tío Eastwood tiene una buena mano para crear películas. Pueden ser obras maestras, o simplemente pueden ser buenas, pero desde que le dio por empezar a dirigir aún no he visto una película de él que no me haya gustado, sobre todo de las posteriores a 1992, cuando dirigió “Sin perdón”, su primera genialidad. A partir de ahí un cúmulo de buenas historias. “Un mundo perfecto”, “Medianoche en el jardín del bien y del mal”, “Space cowboys”, “Mystic river” o “Million dollar baby” fueron las que más pegado a la silla me dejaron.

La peli a la que hoy me refiero empezó su gestación el 29 de febrero del 2004, en una fiesta tras los oscars. Clint Eastwood había descubierto una novela de James Bradley, hijo de uno de los marines protagonistas de una famosa fotografía en la que levantaban una bandera americana en la isla de Iwo Jima, llamada “Banderas de nuestros padres”. Clint Eastwood se enamoró enseguida de la historia, y quería rodarla, pero Steven Spielberg se había adelantado comprando los derechos. Esa noche Eastwood se fue a casa con la promesa de Spielberg de que coproducirían la película y él sería el encargado de rodarla.

La verdad es que no me extraña el interés de Eastwood por la historia, porque no tiene ningún desperdicio. La trama se desarrolla en tres puntos temporales diferentes. Uno se centra en la isla de Iwo Jima, un enclave estratégico muy importante para el desarrollo de la guerra del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial, debido a su pista de aterrizaje en medio del océano. En esta isla un grupo de marines levanta una bandera americana y son inmortalizados en una foto que cambiará sus vidas.

El segundo hilo temporal se desarrolla cuando estos marines llegan a Usamérica y son fríamente utilizados por los politicuchos del país para conseguir dinero y cambiar la mentalidad del pueblo con respecto a una guerra interminable (¿os suena esto de algo?).

El tercero, un poco a modo documental, transcurre en el presente, cuando el hijo de uno de estos marines habla con quienes lo conocieron para dejar un testimonio escrito de cual fue la verdad vivida por estos hombres, considerados héroes, y que tan solo trataban de sobrevivir en medio de una guerra.

A través de una fotografía de tonos desvaídos, cercana al blanco y negro, Clint Eastwood aprovecha para mostrar las miserias de los altos estamentos gubernamentales, y la sencillez de un grupo de adolescentes intentando sobrellevar con bromas y camaradería, el hecho de perder todos los días a compañeros en medio de una matanza. Un grupo de chavales idolatrados por un país necesitado de héroes y modelos. De boca de uno de los protagonistas se plasma lo que de verdad sienten: “nosotros no somos héroes, tan solo intentábamos no recibir un disparo”.

Sin llegar al nivel de sus mejores películas, Eastwood logra crear un fiel retrato de su forma de pensar, con la ayuda de un puñado de buenos actores. Ryan Phillippe (“Se lo que hicisteis el último verano”, “Studio 54”), Barry Pepper (“Los tres entierros de Melquíades Estrada”, “La última noche”) o Jamie Bell (“Billy Elliot”) son los más conocidos, pero el reparto es inmenso.

También la forma de rodar del actor/director es casi perfecta, destacando en las escenas en medio de la batalla, con un desembarco en la isla que nos recuerda un poco al de “Salvad al soldado Ryan”, de Steven Spielberg. Los disparos provenientes de las armas japonesas parece que silbaban a mi alrededor, y que los aviones pasaban rozando mi cabeza, sintiéndome realmente en medio de las trincheras.

Ésta es la hermana mayor, porque mientras el guionista habitual de Eastwood, Paul Haggis, adaptaba el libro, el director empezó a preguntarse que sentirían los protagonistas del otro lado le la batalla, los soldados japoneses que resistían en los túneles de la isla. Habló con Haggis y éste se acordó de un guión que había leído sobre el asunto, de una chica llamada Iris Yamashita. Juntos, levantaron la otra historia, la que nadie cuenta, la parte de los vencidos.

Cuando Clint Eastwood acabó “Banderas de nuestros padres”, se puso inmediatamente con su hermana pequeña, la de menos presupuesto, y parece ser ésta ha superado a la mayor. Pero para constatarlo, habrá que ir a verla.

 

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