BAJO TERAPIA

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Todo es culpa de los triglicéridos.

O eso nos cuenta Matías del Federico en el pequeño programa que nos entregaron a la entrada de la sala verde de los Teatros del Canal. El escritor estaba buscando inspiración para escribir su primera obra de teatro, pero las musas debían estar apagadas o fuera de cobertura. Hasta que fue al médico, éste le dijo que tenía altos los triglicéridos, le recomendó hacer ejercicio y fue cuando empezó a correr cuando la idea de estas parejas discutiendo sobre sus problemas en una extraña sesión terapéutica, acudió a su mente.

Para que luego hablen mal de la moda del running.

Todo esto pasó muy lejos de aquí, al otro lado del charco, en una tierra donde teatro y psicología se abrazan en una simbiosis recurrente. Fue un éxito de público y crítica en Argentina y ahora el texto aterriza a este lado del Atlántico. Mismo autor, mismo director, Daniel Veronese, un enorme David Serrano que hace el esfuerzo de trasladar todos los modismos, coletillas y recursos humorísticos al castellano y un elenco muy televisivo que brilla en cada diálogo afilado, en cada giro de guión, en cada estocada verbal.

Gorka Otxoa, Manuela Velasco, Fele Martínez, Melani Olivares, Juan Carlos Vellido y Carmen Ruiz se enzarzan una frenética batalla en la que las frases se entremezclan, se pisan y se solapan sin perder en ningún momento el foco de atención, en una dirección de actores brutal, que bebe de la tradición del teatro argentino. Cada uno perfecto en sus respectivos papeles que, aunque parecen algo estereotipados al principio, van mutando a formas poliédricas a medida que se desarrolla la historia.

Una historia esencialmente cómica, pero con un trasfondo mucho más profundo de lo que a priori parece. Una terapia que va evolucionando entre pullas y chistes para llevarnos, sin darnos cuenta, a lo oscuro y allí darnos un sonoro sopapo que sabe a gloria.

Porque, en el fondo somos unos cotillas, reconozcámoslo ya. Nos encanta admirar las miserias de los demás, reconocernos en las más veniales y alegrarnos porque estamos muy alejados de las más gores. Somos prejuiciosos y un poquito mezquinos y un puñado de problemas maritales o de pareja saltando delante de nosotros como fuegos artificiales, nos da un cierto placer diabólico.

Enseguida etiquetamos y dictamos sentencia, sin juicio previo. ¿Para qué? Si lo que estamos viendo ante nuestros ojos, lo hemos visto mil veces y hemos vivido lo suficiente como para conocer La Jodida Verdad Absoluta. Esa es una bossy, aquel es un Cromañón, la de más allá es una mosquita muerta y este es un infantil que, si hubiese hecho la mili, otro gallo cantaría.

Matías del Federico (cada vez que lo escribo se me vienen escenas de mi pueblo donde las abuelas sitúan a las nuevas generaciones: “sí, este e o Matías, o fillo do Federico, o que se liou coa Adelaida e se foi a facer as Américas”) utiliza las personalidades contrapuestas de las tres parejas, en primer lugar, para hacernos reír. Mucho y bien. Saliéndose de los tópicos y entrelazando pullas con traumas. Levantando las alfombras del dormitorio y aireando, de forma muy ágil y cómica, las miserias de las parejas.

Quizá, si he de ponerme quisquilloso, algún gag más físico que los demás, aunque me hizo partirme de risa en la butaca, me llevó a perderme durante algunos momentos del diálogo. En concreto una escena recurrente que sucede a un lado del escenario, mientras en el otro las lenguas afiladas siguen batiéndose en duelo. Ya digo que me partí la caja y por eso no debería lamentarme, aunque me pareció curioso eso de quitar el foco de lo que realmente lleva el hilo argumental.

Por otra parte, el contenido dramático, aunque lo vemos allá al fondo, acechar con las orejas levantadas y el lomo erizado, golpea tan sólo en un par de momentos que, al estar rodeados de las carcajadas, tan cercanas, le cogen a uno de sopetón y, quizá por esto mismo, llegan hasta la cocina a la velocidad del rayo, dejando una sensación agridulce muy bien conseguida. Como si uno no se esperase la hostia y le cogiese con el músculo relajado y blandurrio.

En definitiva, la obra me pareció muy equilibrada y, ya digo, con unas interpretaciones asombrosas, entre las que quizá destacaría, por encima de las demás, quizá también porque el texto las propicia, pero también porque sus actores están soberbios, a Fele Martínez y Melani Olivares, con una compenetración y una conexión que me dejaron patidifuso.

Si “Bajo terapia” no es la mejor obra de teatro que he acudido a ver este año, es que me debo de estar olvidando de alguna. Ahora sólo queda que, tras el mes en el que se representa en los Teatros del Canal, algún productor avispado pueda prolongarla para deleite del público en otros teatros, para después pasear sus galones por el territorio nacional. El boca a boca ya ha comenzado, imparable, como un rodillo entre los aficionados a los escenarios, así que esto no debería ser difícil.

Pero por si acaso no pasa, corred, insensatos, y haceos ya con vuestra entrada.

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