BABY DRIVER

Edgar Wright es uno de esos directores que imprimen su sello a todo lo que hacen. Construye sus películas con mimo, escribe el guión con unas señas de identidad bastante reconocibles y tiene una manera de colocar la cámara y montar sus pelis que acaban creando una imagen de marca.

Hay veces que la marca Wright me atrapa y me lleva a su mundo con facilidad, me hace reir a carcajadas y me alucina con sus montajes acelerados. Es el caso de su Trilogía del Cornetto, la compuesta por “Zombies party”, “Arma fatal” y “Bienvenidos al fin del mundo”. Tres películas que para mí consituyen de lo mejor que hay en el humor británico moderno y ojo a la capacidad de los ingleses para hacer humor.

Hay otras que, aunque me entretiene y me deja satisfecho, no llega a llevarme a ese nivel mental de haber visto una obra maestra. No me pasó con “Spaced”, su primera serie y que aún no he llegado a acabar, ni con “Scott Pilgrim contra el mundo”.

Su nueva película la esperaba con muchas ganas y debo reconocer que tenía las expectativas muy arriba y quizá eso haya jugado en mi contra. O quizá haya sido que, tras leer lo que pretendía hacer en esta “Baby driver”, me monté mi propia película mental. Y, vaya, era diferente a la suya. Quién lo iba a decir.

La película me ha gustado, me ha entretenido, me ha hecho menear los pies y me ha dejado alucinado en muchas de sus secuencias. Sin embargo, momentos en los que se me hace un poco larga y un final complaciente y acelerado hacen que no llegue al nivel superdotado de los Cornettos.

Edgar Wright tuvo la idea para esta película hace bastante tiempo. Un film de acción en el que gran parte de las escenas estuvieran integradas con la música. Algo que vemos muy a menudo en tráilers de dos minutos pero que parece muy difícil de hacer durante un largometraje.

Exploró las posibilidades en el vídeoclip de la canción “Blue song”, interpretada por el grupo “Mint royale” y el experimento le quedó así de majo. Cuenta la leyenda que cuando el nuevo rey Midas de Hollywood, J. J. Abrams, vio el vídeo, le dijo a Wright que ahí había una película, a lo que éste le contestó que llegaba tarde con el consejo, que ya la tenía medio escrita.

Baby es un chaval con un problema de acúfenos en el sistema auditivo. Un accidente que tuvo de pequeño le dejó para siempre un ruido constante en sus oídos y para concentrarse en su trabajo tiene que encasquetarse unos auriculares y escuchar música.

Como además es un melómano empedernido, tiene una canción para cada ocasión e incluso diferentes modelos de iPod para cada tipo de música. Música de caminar feliz por la calle, música para enamorarse, música para tomarse un batido de chocolate con virutas y música para huir de los escenarios de robos.

Ah, porque no habíamos dicho en qué trabaja Baby: como conductor de evasiones para un mafioso al que está atado hasta que salde una deuda. Baby puede puede parecer un tipo raro, callado hasta el extremo, siempre con sus cascos, sin embargo es el mejor en lo que hace y poco a poco se ha ido ganando el respeto del mafioso y los malotes con los que trabaja.

Sin embargo la deuda está a punto de ser saldada y quiere dejar ese mundo. Quiere vivir tranquilamente con su abuelo sordomudo y, oh vaya, parece que se está enamorando de una dulce camarera del restaurante que frecuenta. Pero el fin está cerca. Un trabajo más y lo deja.

Desde la impresionante secuencia de entrada y los también impresionantes títulos de crédito, podemos ver que Edgar Wright se ha tomado el reto muy en serio e imparte una auténtica lección de cine. Cada una de las secuencias musicales de la película, y son unas cuantas, son un tremendo ejercicio de orfebrería. Pequeños videoclips integrados en la narración con una capacidad visual asombrosa, ayudados por un tracklist muy bien escogido, repleto de funk, soul y rock.

Su protagonista, Ansel Elgort, que ya había conseguido forrar carpetas de quinceañeras con su papel en “Bajo la misma estrella”, está enorme en el papel, poniendo cara de interesante, bailando al ritmo de la música cuando es necesario y ejecutando a la perfección las pocas pero brutales escenas de acción que tiene fuera del coche.

Además se rodea de una ristra de actores perfectos en cada uno de sus papeles. Kevin Spacey con la sorna que le caracteriza en la piel del jefazo mafioso, Jamie Foxx desquiciado y alucinado en su papel de ladrón de psiquiátrico, Jon Bernthal furibundo y violento en su rol de brutote, Jon Hamm hipnótico y seductor en el de ratero con clase, Eliza González sexy y deslenguada en el de atracadora cañón y Lily James adorable y entrañable en el de camarera con ganas de escapar del mundo.

Así que, como apunto, hay mogollón de elementos que están de sobresaliente: el concepto de la película, las secuencias integradas con la música, los actores, la banda sonora… pero en algunos momentos el guión se me hace aburrido. Es cierto que no son muchos, pero los suficientes para que salga del mundo creado por Wright de vez en cuando.

Y el final. Ese final. Edgar, ¿por qué ese final? ¿De verdad no podías darle otra vuelta para ver si podíamos salirnos sin ese recurso trillado de tirar el tiempo hacia delante para dejar todo en un tono edulcorado?

En fin, dos detalles que merman un poco la obra de magnífica ingeniería que el director británico logra durante el resto del metraje, que supone una verdadera clase magistral de cinematografía en muchos momentos.

En alguna entrevista de promoción se le ha preguntado a Wright si haría una segunda parte. Él siempre ha dicho que no hace segundas partes de sus películas. Que gastando dos o tres años en la construcción de cada una de ellas, prefiere explorar cada vez elementos originales.

Sin embargo, esta vez le ha gustado tanto el personaje y ve tantas posibilidades a seguir exprimiendo el recurso melódico, que se lo está pensando.

Sin duda, si al final se decide, yo estaré ahí para verlo.

Y si no se decide, también estaré ahí para ver la siguiente.

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