AYUDA

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Entras a la sala y un actor espera al público en el escenario, metido en su papel. Detrás de él, un sofá, un par de lámparas y los restos de lo que parece haber sido una fiesta no demasiado salvaje.

Cuando el aforo aún está a la mitad y los espectadores siguen sumándose, aparece otro actor, se sienta en el sofá con el periódico y espera pacientemente. Ambos miran de vez en cuando al público y, si se tercia, saludan, tranquilos, cómodos, como si estuvieran en su propia casa.

Una vez que el último (y bastante tardón) espectador se sienta, el actor comienza haciendo trizas la cuarta pared. Tras preguntar si todo el mundo ha apagado el teléfono móvil, varias veces (y habrá alguno que aún no se dé por aludido), nos dice quién es y que ha llegado a una situación totalmente ajena a su personalidad sin saber muy bien cómo, así que alude a su interlocutor para intentar hacer una reconstrucción, dirigiéndose en todo momento al respetable, como si fuese su confidente o su psiquiatra.

De esta forma tan original arranca “Ayuda”, un texto contemporáneo de la dramaturga holandesa Maria Goos que habla, a través de dos personajes antagónicos, de una realidad social que vivimos continuamente, de los desequilibrios que posibilitan el mantenimiento de nuestro andamiaje económico, del débil castillo de naipes que hemos construído en este mal denominado primer mundo.

A través del inversor financiero que ve cómo su vida se desmorona, que observa, atónito, cómo en menos de veinticuatro horas es despedido, abandonado por su mujer y sus hijas y condenado a tres meses de reposo a causa de una hernia y del inmigrante que trabaja para el primero como empleado del hogar, acostumbrado a dar sin recibir, que se queda al lado del primero sacándole de quicio con su buenismo y su optimista visión de la vida, observamos dos partes de la sociedad que conviven bajo reglas injustas y absurdas pero que todos parecemos dar por implícitas e inamovibles.

En esa reconstrucción que forma la obra que utiliza el yupi caído en desgracia para comprender el proceso mental que le ha llevado a un cambio de mentalidad y un estado de generosidad poderosamente contrarios a su persona, asistimos a un diálogo en el que ambos personajes intentan comprender la personalidad del otro mientras parece que, de una forma dickensiana, espoleado por su criado en vez de una serie de fantasmas, acercan poco a poco sus puntos de vista.

¿Lo que convierte a un tipo acomodado y materialista en un hijo de puta es su visión reducida del mundo? ¿Hay vuelta atrás en el proceso? ¿Podemos llegar a iniciar una revolución pacífica convirtiendo a las cúpulas económicas mundiales en santos a base de un discurso cálido y sentido? ¿Todo el problema es que, simplemente, no nos entendemos?

Se pasea por estas cuestiones tirando de mucho humor, sobre todo por parte del personaje extranjero, que con su dialecto en modo Apu Nahasapeemapetilon y su actitud fresca y desenfadada arranca la mayoría de las sonrisas y risas del patio de butacas, conquistado por su modo de afrontar la vida.

A este apego tiene gran parte de culpa la maestría a la hora de abordar el papel de Óscar de la Fuente, que agarra el alma del personaje y la hace suya, consiguiendo un modo de hablar que suena fluido y natural en sus continuas patadas al diccionario. Y perfecta también la réplica de Ernesto Arias, en un papel quizá menos lucido pero necesario para que el enfrentamiento entre ambos personajes atrape desde el inicio hasta el fin de la obra.

Esta vez sí. Esta vez el teatro Lara ha acertado de pleno trayendo a su escenario esta gran propuesta de la compañía Los Lunes. Los diálogos afilados, el humor buenrollista, los continuos quiebros de la cuarta pared en busca de la complicidad del espectador y la ajustada duración, conforman una obra que dificilmente decepcionará a nadie.

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