ATTACK THE BLOCK

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Y llegaron los británicos para darle la vuelta a todo y dejarlo tal y como estaba, con esa capacidad que tienen para contar lo que ya hemos visto con un sello tan personal que llega a parecer nuevo.

Los ochenta están de moda, algo lógico dado que, para el cine, supuso una época de creación, de fantasía, de colorido, de despiporre. Cada día se programa un nuevo remake de alguna peli mítica de nuestra infancia, algo que normalmente provoca que nos rasguemos las vestiduras y gritemos como posesos. Aunque más interesantes son aquellas películas que recogen ideas explotadas en aquella época y se plantan en pantalla con nuevos detalles, sin fotocopias.

Uno de los grandes subgéneros de la época, fueron las aventuras de adolescentes dando cuenta de monstruos cabroncetes. Películas como “Gremlins”, “Critters” y similares, hechas con pocos medios y enormes dosis de imaginación, congregaban a adolescentes en las salas, ávidos de pasar algún susto, mientras reían a carcajadas.

En Gran Bretaña son expertos en coger esas ideas yankis de toda la vida y contarlas a su modo. Llevan tiempo haciéndolo en series y ahora se han decidido a exportar en forma de películas. Lo hicieron con el género de superhéroes construyendo la enorme “Misfits”, o a Sherlock Holmes, ubicándolo entre móviles y ordenadores.

Con “Attack the block”, han cogido las pelis de monstruos dentones antes mencionadas y las han metido en algún suburbio londinense, poniendo a una pandilla de adolescentes chungos en el rol de héroe, un par de secundarios cómicos de élite y construyendo una de las películas revelación, dentro del género de la ciencia ficción y la acción humorística, de la temporada, ganadora de premios en Sitges o en los Bafta.

Unos pandilleros deciden pasar la tarde atracando a una mujer del barrio, por eso de pasar el rato. Poco más tarde, ven caer un bicho del cielo, muy cabreado, que intenta hincarles el diente. Con lo que no contaba el alien es con que los pandilleros adolescentes son duros de pelar, así que acaban dándole matarife, sin saber que será el detonante para que otro montón de bichos espaciales de la misma especie, empiecen a perseguirlos por su barrio. De hecho, se tendrán que acabar aliando con la misma enfermera a la que poco antes han atacado para conseguir buscar una solución al problema y poder sobrevivir.

Con un plantel de chavales desconocidos al frente de la cinta, escogidos de los barrios bajos británicos y Nick Frost aportando comicidad en escenas escogidas, la lucha contra los peludos seres de dientes fluorescentes se convierte en un relato narrado con seguridad y mucho cachondeo, además de demostrar un enorme amor al género por parte del novato Joe Cornish, que hasta ahora sólo había dirigido series y escrito o co-escrito algún guión de nivel, como el de la reciente “Tintín y el secreto del unicornio”.

Una delicatessen de menos de hora y media que juega con la nostalgia y con la empatía del espectador para con un grupo de gamberros de buen corazón, muy al estilo de las películas de los 80 de las que empezamos hablando, que demuestra, una vez más, que la carencia de billetes verdes se puede suplir con una buena idea, una buena dirección y muchas ganas.

¿Quién quiere millones gastados en CGI cuando se puede recurrir al efecto tradicional, al muñegote, al disfraz y a las marionetas? Que viva la artesanía, los jóvenes creadores dispuestos a saltarse las reglas y a salirse del sistema. Ole por la incorrección, por los malotes de 14 años fumándose un porro antes de enfrentarse con un alienígena mezcla de bestia y gusiluz.

Y luego, que vengan los yankis y remakeen el film dentro de otros 40 años, que allí estarmos nosotros para rompernos la camisa… como Camarón.

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