ARTE

En 1994 se estrenaba en París una obra de teatro de una joven autora llamada Yasmina Reza. Era su tercera obra y, aunque las dos anteriores tuvieron una muy buena acogida y gozaron de prestigiosos premios, ésta sería la que le daría fama mundial.

“Arte”, que así se titulaba la obra, como podéis haber adivinado, empezó a recorrer con idéntico éxito los escenarios internacionales. En Londres contaba con el insigne Albert Finney entre sus filas y en Nueva York con Alan Alda y Alfred Molina. A España, por su parte, vino de la mano de Josep Maria Flotats, que se enamoró de la obra en la capital gala y enseguida le pidió a Reza los derechos de autor. Aquel primer montaje contaba con el propio Flotats, Carlos Hipólito y José María Pou y se tiró dos años en cartel con más de 600 funciones a aforo completo.

Luego vendrían más adaptaciones, la que juntó a Luis Merlo, Alex O’Dogherty e Iñaki Miramón, la de Enrique Sanfrancisco, Javier Martín y Vicente Romero o la versión argentina, con Ricardo Darín, Oscar Martínez y Germán Palacios.

Ahora nos llega un nuevo montaje, en el teatro Kamikaze, con dirección de Miguel del Arco y las interpretaciones de Roberto Enríquez, Cristobal Suárez y Jorge Usón y por fin he tenido la oportunidad de verla. Y me he divertido. Mucho. Pero también me ha dejado frío alguna que otra vuelta del guión. Y el apartado actoral me ha quedado algo descompensado. Muchos sentimientos encontrados.

La trama comienza cuando un amigo le dice a otro que se ha comprado un cuadro. Un cuadro vanguardista y muy caro. Y blanco. Un enorme cuadro blanco con unas finísimas líneas que lo atraviesan… blancas. Y ahí comienza una discusión sobre si eso es arte o es una auténtica y pestilente hez. Un punto de partida para poner a prueba su amistad, la de ellos dos y la de otro colega mutuo. Tres caracteres muy alejados entre ellos que comienzan bromeando y poco a poco se sumergen en una espiral de reproches, miedos, anhelos y acusaciones.

Reconozco que a mis ojos, a la obra le costó despegar, pero poco a poco me fui sumergiendo en las conversaciones de esos colegas con mucha historia detrás. Y entonces, cuando la magia del teatro me había metido del todo en la función, aparece el personaje de Iván, interpretado por Jorge Usón y todo explota de una forma meteórica.

Puede que el texto de su personaje sea el más agradecido, pero es que el actor, sin haber visto aproximaciones previas de otros intérpretes, lo borda de forma perfecta e hilarante. Construye al típico patán, falto de ego, de personalidad y en muchos casos de opinión, que no soporta las peleas ni los malos rollos con una cantidad tal de matices y recursos que supone una jodida lección de comicidad.

Y es que no es la primera vez que me pasa. El ir a ver una función y, en mitad de los nombres más conocidos, descubrir un cómico que por momentos logra eclipsar al resto de compañeros de reparto y no entender por qué ese tipo no está triunfando en cine y televisión. En concreto me viene a la cabeza el caso de los “39 escalones” que llevó a las tablas Gabino Diego y el descubrimiento del prodigio de energía y talento clown de Diego Molero.

En este caso se trata de Jorge Usón e, inevitablemente, el huracán que se desata cada vez que interviene, provoca que en mi caso estuviera esperándolo volver a aparecer cada vez que desaparecía de escena.

Quizá esta falta de equilibrio también sea un poco la causa de que algunos giros de guión me parecieran algo repetitivos. Una nueva vuelta de tuerca para seguir ahondando en los traumas de los tres cada vez que los problemas parecían apaciguarse. Momentos en los que tenía que hacer un esfuerzo para no pensar en lo forzado del requiebro para seguir disfrutando de la inteligente disección de la amistad que realiza la autora.

Al final, la sensación final es muy buena y quizá jugaron algo en contra las altas expectativas de una obra tan famosa, tan premiada y tan girada por todo el mundo.

Arte estará en el Teatro Pavón hasta el 30 de julio y, si necesitáis una excusa más para ir por allá, ésta es no poder perderse el brutal monólogo que se casca a velocidad absurda el personaje de Iván, explicando por qué llega tarde a la quedada de tarde con sus colegas.

Sólo por esos minutos, habréis amortizado la entrada.

Con creces.

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