ALIEN: COVENANT

Es probable que “Alien: Covenant”, la nueva película del xenomorfo que vuelve a dirigir su director original, Ridley Scott, no convenza a demasiada gente.

Los más nostálgicos, los que desean ver otra vez algo parecido a la primera película, una dosis de terror espacial del bueno o incluso a la segunda, cuando James Cameron le dio una vuelta de tuerca para filmar una película de acción brutal, tendrán que esperar demasiado tiempo hasta contemplar algún bicho amenazante.

Los que esperen seguir ahondando en el camino filosófico y que trata de explicar el origen de especies que, torpemente, comenzó “Prometheus”, quizá se sientan un poco más realizados, aunque tendrán que volver a lidiar con una tripulación estúpida y descuidada, con un desenlace que tira de ideas agotadas tratando de contentar al primer grupo y con una primera parte que, aún centrándose en los personajes se las arregla, no sé muy bien cómo, para no establecer ningún tipo de lazo entre ellos y el espectador, provocando que, a la postre, tan sólo alberguemos algo de empatía por el androide Walter y por Daniels, que recuerda por momentos a la mítica Ripley.

Scott sigue pensando que el camino correcto es el que aleja paulatinamente la saga del slasher alienígena y la acerca a “Blade runner” y quizá tenga razón, no digo yo que no, pero si en la precuela anterior se veía lastrada por un guión torpe y repleto de personajes incapaces y absurdos, en ésta parece que se haya petrificado por un miedo constante a no agradar, que trata de solucionar hibridando ambas vertientes de la saga.

El primer tercio recuerda a la presentación de personajes de “Alien: el 8º pasajero”, comenzando con un drama que debería unir a la tripulación y establecer con ellos lazos emocionales. Como dije, conmigo no lo consiguió. Cuando los miembros de la tripulación empiezan a caer como moscas, bastante más adelante, aún no sé muy bien quienes son, ni qué quieren, ni cuales son las personalidades de cada uno.

Es en la parte central donde la película parece empezar a coger ritmo y a encontrar su propia esencia, gracias, en gran medida, al meteórico trabajo de Michael Fassbender interpretando a dos modelos de androide con firmware bien diferente. Por un lado el emocional David, el más humano, plagado de algunos de nuestros defectos más temibles y algunas de nuestras características más sublimes: la egolatría y el genio, la creatividad y la falta de ética, la imaginación y la ambición desmedida. Por otro, el modelo más moderno, Walter, menos humano, más sumiso, con el claro objetivo de ayudar a los humanos a los que acompaña. Aunque se nos pasa por la cabeza que esta dualidad es un remedo de Ash, de la primera película contra Bishop, de la segunda, es en sus conversaciones cuando se nota que la película intenta despegar, cuando se mete en cuestiones más filosóficas, cuando trata de abordar cuestiones que sobrepasan el esquema de “bicho mortífero persigue y mata tripulantes uno a uno”.

Bien si uno le da valor a las citas literarias y la guerra dialéctica entre ambos androides como si piensa que son palabras vacuas y pomposas, es evidente que, al menos, en esos momentos la película trata de adquirir personalidad propia metiéndose en el tinglado de los Arquitectos, el origen de la humanidad y el origen del propio xenomorfo que se abrió en “Prometheus” y, por mi parte, es de agradecer.

El problema es que, cuando se va acercando al tercer acto, director y guionistas ven la necesidad de ofrecer su correspondiente dosis sangrienta al público que ha acudido buscando terror, muerte y nostalgia, con lo que comienza una atropellada carrera por cerrar la función tirando de facesuckers, aliens creciditos y alguna que otra criatura del inframundo.

Obviamente, seguimos hablando de Ridley Scott y el tío no ha perdido su mano para la dirección, sin embargo todo suena un poco a repetitivo, a algo ya visto, a pegote por miedo a defraudar. Está por ahí el huevo con el bicho dispuesto a besarte de tornillo, el pecho que se abre para dar lugar a una entrañable cría de extraterrestre asesino, las dos bocas buscando algo que llevarse a la idem, la sangre ácida, la Ripley valiente y demás imaginería heredada de la obra maestra que fue la primera de las películas.

Todo esto desemboca en un final abierto y, desde mi punto de vista, coherente y acertado que, por otra parte, no deja de ser un tanto previsible y que deja todo muy abierto para que Sir Ridley pueda seguir investigando los orígenes del alien gigeriano y llevando la trama hacia el viaje de la mítica Nostromo.

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