ALADDIN

Aladdin, la clásica, la de dibujos, siempre ha sido mi película de animación de Disney preferida.

Quizá no sea la mejor, pero recuerdo perfectamente muchas de las sensaciones que recorrieron mi cuerpo cuando la vi, de estreno, en el cine. Y entre todas ellas, recuerdo con claridad la adrenalina que me produjo, en concreto, una de sus escenas.

Tras entrar en la cueva guiado por un Jafar disfrazado, Aladdin y Abú deben tomar la lámpara maravillosa sin tocar ninguno de los demás tesoros que allí se esconden. Sin embargo, el fiel compañero del protagonista se ve cegado por la avaricia y roba un enorme rubí, provocando el derrumbe y la destrucción de la cueva. La alfombra mágica acude al rescate y se lanzan en un vuelo frenético esquivando lava, pedruscos y demás peligros.

Me acuerdo que en aquel entonces se empezaban a ensayar los efectos generados por ordenador en las películas de animación y aquella fuga a toda velocidad tenía la parte infográfica de la película. Y a mí, me voló la cabeza.

Suponía que, al igual que ha pasado con el resto de adaptaciones en imagen real de los clásicos de la casa del ratón, esta nueva propuesta tampoco me iba a entusiasmar, pero esperaba que, al menos, esta escena, volviese a removerme y emocionarme.

Aunque fuese un poquito.

Pues bien, esta escena no existe. Guy Ritchie, el director de la cinta, famoso por «Lock & Stock» o «Snatch: cerdos y diamantes», decide que esa parte no es necesaria y la salda en una huida de unos pocos segundos.

Pues bien, el sentimiento de vacío que me provocó esta ausencia es un buen resumen de lo que he sentido viendo este remake. Un cúmulo de pérdidas, desencuentros y fotocopias desvaídas.

Cierto es que había ciertas características que eran imposibles de igualar. El enorme trabajo vocal de Robin Williams, que insufla su personalidad loquísima al genio de la lámpara era un caramelo envenenado para cualquier actor o cómico que tratase de meterse en su azulado pellejo.

No puedo decir que Will Smith lo haga mal. De hecho, su acercamiento creo que es enormemente respetuoso, sin tratar de imitar lo inimitable y aproximándose al genio desde el propio y enorme carisma del actor de «El príncipe de Bel-Air».

Es posible que si no existiese un recuerdo anterior, me hubiese gustado.

Pero existe.

Y su sombra me oscurece el trabajo de Smith, ya que no puedo evitar comparar a cada momento.

Es cierto que también juega en mi contra el hecho de que en el último año, he visto la película original un gritón y medio de veces, acompañando a La Pequeña Padawan (que por supuesto fue la excusa para acercarme al cine a ver la nueva y que por supuesto ella disfrutó muchísimo más que yo) y tengo cada una de las escenas ordenaditas y bien claras en la memoria. Pero estoy seguro de que podían haberme ganado por otro lado.

Quizá por la parte de la dirección, pero Guy Ritchie se empeña en anular cualquier tipo de carisma o firma autoral en una concatenación de escenas sin fuerza, con acelerados ridículos en algunos momentos, trozos videocliperos metidos con calzador en otros y aferrandose al cutrismo en los demás.

Quizá en escenas que se separasen de la película de animación, pero todo lo que se aleja del guión original parece que empeora el resultado.

Quizá por el carisma de sus actores, pero salvo una honrosa excepción, todos me parecen grises y aburridos. Aladdin (Mena Massoud), cada vez que se aleja de los bailes o los saltos, que es lo que se le da bien, me parece un pavisoso de mucho cuidado. Jafar (Marwan Kenfari) se desviste de la teatralidad y la maldad de guante de seda de su homónimo dibujado y se limita a protestar por su condición de segundón. Iago y Abú dejan de ser divertidos para convertirse en dos infografías sin carácter ni gracia. El sultán (Navid Negahban) deja de ser el bonachón regordete y pánfilo para convertirse en un señor serio que apenas es capaz de mover los deditos ante los toques urbanos de Will Smith en medio de la fanfarria real.

Y así todos salvo una rutilante princesa Jasmine interpretada por Naomi Scott, una actriz que ya había visto en «Power Rangers» pero que me había pasado absolutamente desapercibida (no era para menos en otra adaptación desacertada y aburrida como pocas).

Scott llena la pantalla cada vez que aparece y eclipsa a cualquiera que ose compartir plano con ella. Es cercana o rutilante o frágil o poderosa dependiendo de la escena. Canta como los ángeles, se defiende muy bien en el baile y desprende un carisma que relumbra por sí sólo en medio del tedio y el piloto automático.

O mucho me equivoco (que no lo descarto, suelo hacerlo) o vamos a escuchar hablar bastante de aquí en adelante de esta muchacha, con muchas bazas para convertirse en una nueva estrella en el firmamento hollywoodiense.

En fin, tampoco quiero destacar mucho más los desencuentros que fui teniendo con la película, aunque no haya pocos.

No hablaré de los acentos (¿por qué algunos tienen acento árabe y otros no? ¿Jasmine fue a estudiar a Harvard mientras su padre se quedaba en palacio?), el videoclip de la MTV de la canción nueva para la princesa que no viene a cuento, las resoluciones argumentales que desmerecen la historia original o un clímax final especialmente descafeinado.

No lo haré porque tendré que tragármelos muchas más veces cuando la heredera reclame verla en el futuro mucho más de lo que me gustaría.

Eso si no la convenzo para seguir cincelando en la memoria la buena. La del genio tan genial.

2 thoughts on “ALADDIN

  1. Hay que huir de estos remakes de Disney. Yo solo he visto el de «Dumbo» y porque me vi un poco obligado… Se ve que los espectadores en general somos vagos y seguimos queriendo ver las mismas historias una y otra vez, de ahí a que triunfen en taquilla.

    Qué pena.

    1. La verdad es que fui porque era una peli que podía ver Nina y le podía gustar, ya que había visto la original. Si no, ni se me hubiese ocurrido pasar por taquilla.
      Y a ella le encantó, así que mission acomplished!!

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