ALABAMA MONROE

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Es un misterio tan antiguo como la humanidad. Javier Cansado nos diría, con ese discurso frenético y cargado de surrealismo del que hace gala, que probablemente la cuestión se remonte a los sumerios. Es seguro que viene de antes, de mucho antes y es una de esas preguntas a las que todo el mundo ha buscado o sigue buscando una respuesta. La raza humana ha tratado, desde los albores de los tiempos, de desentrañar los secretos del amor de pareja. ¿Cómo descubrimos a nuestra media langosta ideal? ¿Qué es lo que mantiene viva la llama (la ígnea, no el mamífero artiodáctilo)? ¿Puede ser eterno? ¿Exclusivo? ¿Unipersonal?

Sin embargo, también existe el reverso tenebroso de esta pregunta. Si por una extraña conjunción astral, encontramos a esa persona que sabemos que nos puede hacer felices el resto de nuestra existencia terrenal y, con una carambola del destino propia de los sueños más húmedos de Richard Curtis, esta persona piensa lo mismo de nosotros, ¿puede el destino trolearnos de alguna forma para romper el hechizo? ¿Qué desastres pueden arrebatarnos un amor puro y eterno? ¿Puede nuestra pasión transformarse en hastío y reproche?

El actor protagonista de “Alabama Monroe”, Johan Heldenbergh, escribió, junto a la actriz Mieke Dobbels, la historia de dos almas destinadas a estar unidas que son puestas a prueba con una de las desgracias que más violentamente pueden golpear a una pareja. Una premisa que bien podría haber desembocado en un film de sobremesa de los de siesta obligada, que hemos visto decenas de veces en el cine y que, sin embargo, el director Felix Van Groeningen, que también colabora en la escritura del guión, sabe transformar en un relato sensible y repleto de humanidad y realismo.

Por un lado, los personajes de Didier y Elise no son una pareja al uso. Él es un loco de la música bluegrass, enamorado de la América de las oportunidades, con una visión lógica y racionalista de la vida, que vive en una caravana y toca con su grupo de rudos barbudos por los garitos de Bélgica. Ella es una tatuadora profesional con un cuerpo que lleva dibujada la historia de su vida, con una concepción de la vida muy espiritual, pasional y muy decidida. Dos personas con personalidades tan alejadas que se adaptan y complementan como dos piezas de Lego.

El realizador toma una decisión complicada a la hora de asignar cara a Didier y Elise. Le dice a Heldenbergh que él va a protagonizar la cinta pero decide que Mieke Dobbels no da la talla para dar la réplica, lo que provoca la retirada de la interpretación de la muchacha. Así que busca otra actriz que se meta en la piel de la tatuadora y, por fortuna, encuentra a Veerle Baetens. En esta decisión, está la mitad del triunfo de la película pues, Baetens es a “Alabama Monroe” lo que Adèle Exarchopoulos es a “La vida de Adèle”; un ángel terrenal capaz de llenar la pantalla de verdad y sentimiento con un leve gesto. Una interpretación capaz de agarrar el alma del espectador y retorcerla hasta extraer las sensaciones más primarias. Un verdadero prodigio que debería estar peleando, junto con Exarchopoulos, por los premios a la mejor interpretación femenina de todo el planeta.

Por último, para redondear estos dos grandes aciertos, la grandiosa definición de la pareja protagonista y la excelsa elección de los actores, la historia se narra a través de una banda sonora de bluegrass increíble. Aunque no te guste el estilo musical, aunque ni siquiera sepas muy bien qué es el bluegrass, es imposible no caer en el hechizo de las canciones, que van poniendo tono cromático a los episodios que narra la película, acompañando a las actuaciones del grupo, al que rápidamente se une Elise.

A pesar de todo, la película no es perfecta. En algún momento se rompe el tono global para meter, con calzador a mi modo de ver, el discurso de ciencia vs. creacionismo del protagonista, en una escena que, a la postre, sirve para llegar al clímax final. Así como algún otro instante que podría ser acusado de traspasar las barreras del sentimentalismo para provocar, como sea, la lágrima en el espectador.

Pero lo que queda cuando acaba la peli, es la impresionante química entre Didier y Elise, las postales desordenadas de un amor profundo que trata de resistir a una tormenta de proporciones bíblicas y las notas desgarradas de un banjo, una guitarra, una mandolina, un violín y un contrabajo que narran, mejor que cualquier voz en off, una historia tan vieja como el hombre.

Al menos a mí ya me han hecho fan del bluegrass y de la señorita Veerle Baetens.

Aunque no sepa pronunciar el nombre.

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