¿A QUIÉN TE LLEVARÍAS A UNA ISLA DESIERTA?

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Para poseer una escala de valores con una buena variedad de matices tienes que ampliar todo lo posible el número de muestras. Muchas veces veo en algunos blogs que, a final de año, aparte de la clásica lista de las mejores películas, los críticos, que en general se sienten mucho más importantes cuando destrozan blockbusters o cuando ensalzan películas checas que no ha visto ni el Tato, que hablando de la cartelera del día a día, publican sus listas de las peores películas del año. Y muchas veces pienso lo mismo: chaval, tú no has visto nada.

También me pasa que, hablando de cine con mis colegas, muchas veces se me pone a parir por mi benevolencia.

  • ¿Cómo puedes darle un 6 a la nueva de Liam Neeson? ¡Si es una basura!

  • Hombre, pues a mí me entretuvo, tiene diálogos que me hicieron reír y la escena del tiroteo está muy bien rodada.

  • Sí, a mí también me entretuvo… pero es una basura.

Y de nuevo, el mismo pensamiento acude a mi cabeza, mientras llego a la conclusión de que no vale la pena discutir ensalzando las virtudes que he visto en la cinta: chaval, tú no has visto nada.

Porque una de las ventajas de acudir a festivales fantásticos y de fagocitar películas de todo corte y ralea, sin tener prejuicios sobre géneros, actores o décadas, es que da amplitud de miras. Si te has tragado una película de zombies japoneses que salen de la taza del water en un maratón nocturno, a las tres de la madrugada, en Sitges, tu cero absoluto se desplaza, créeme.

Sin embargo, cuando se trata de teatro, no tengo ese bagaje. Me encanta ir al teatro y, sin embargo, entre que es más caro y que no puedo verlo en casa en mis ratos libres, pues voy mucho menos que al cine. No tengo tantas herramientas para juzgarlo, ni para hablar de él y, aunque de vez en cuando alguna obra me deja ojiplático y pegado al asiento, en general salgo con una sensación de tranquila satisfacción. Es probable que, también, al costar la entrada más cara, uno dedique más esfuerzos a elegir un producto del que hablen bien para no sentir que ha tirado la pasta por el desagüe.

Por todo ello, me cuesta más ponerme a escribir sobre la última obra que vi en el teatro que sobre la última película que vi en el cine. Costar, me cuesta sobre las dos (sólo hay que ver lo que tardo en completar una crítica de un festival), pero me salto más obras que películas. Y no es justo, porque el teatro necesita más el boca a boca que el cine, porque goza de menos publicidad, porque la gente se anima menos a abonar la entrada, porque últimamente tenemos la suerte de contar en Madrid con una amplísima oferta de teatros independientes.

Últimamente he ido a ver dos obras en un corto espacio de tiempo. Una la elegí y la pagué y la otra me tocó en un sorteo y acudí a verla sin saber apenas de qué iba. Pues bien, en cuanto vi la segunda sentí, sin ninguna duda, que tenía que hablar de la primera. Porque, en esa eterna hora y media que duró la obra a la que fui invitado, mi escala de puntuaciones sufrió una mutación que subió enteros mi valoración sobre la primera. Porque en la segunda me di cuenta de que construir una obra de teatro no es fácil, escribir un argumento bien dialogado, que enganche en un escenario, no es sencillo, porque epatar con el respetable es un hechizo que no siempre se consigue.

No voy a hablar de la segunda. No es necesario echar mierda al trabajo de una compañía que se ha esforzado en estrenar un espectáculo en el que habrá puesto una gran dosis de ilusión y que a mí, por unas cosas o por otras, me ha horrorizado. Por alguna razón, al ver a este grupo de actores en directo y no a través de una pantalla, me siento más cercano a ellos y me sentiría mal puntualizando todo aquello que me ha hecho fruncir el ceño. Pero, por eso mismo, por entender que no es fácil tocar las fibras del público, me apetece mucho hablar de la primera. Porque tiene un montón de virtudes, porque tiene momentos mágicos, porque el elenco logra emocionar en muchos momentos y porque me lo pasé muy bien viéndola, en su última representación en Nave 73, un espacio escénico que disfruto como un infante en una piscina de bolas cada vez que entro en él, antes de viajar a una nueva aventura en el Teatro Lara.

“¿A quién te llevarías a una isla desierta?” narra el último día de cuatro personas que han compartido piso durante unos cuantos años. Tiempo en el que han vivido, han cantado, se han enamorado, han madurado y han visto cómo algunos sueños se han ido alejando en el horizonte a medida que recorrían sus caminos vitales.

La fiesta de cumpleaños de uno de ellos, la inminente separación del grupo y el alcohol, serán detonantes para que las continuas pelusas que se van guardando debajo de la alfombra durante la convivencia, vuelen delante de sus narices en todas direcciones, marcando en cada uno de ellos, un punto de inflexión.

Los cuatro actores que dieron vida a los personajes el día que fuimos, están perfectos, algo que tiene especial mérito en el caso de Beatriz de la Cruz, ya que era el primer día que se metía en el papel de Celeste delante del público. Los otros, Juan Blanco, Abel Zamora y María Hervás, actriz que ya nos había emocionado es su escalofriante monólogo de “Confesiones a Alá” y que parecía llevar las emociones a flor de piel al ser su última representación con sus compañeros, parecían mimetizados en sus respectivos personajes, parte de unas psiques en las que llevan buceando representación tras representación.

En cuanto a las sensaciones de la pieza, pues en el fondo esto es lo que buscamos en las artes, sumergirnos en una marejada de sensaciones que nos transporten a otros estados de ánimo, me resultaron muy familiares, ya que el tono se parece mucho al de otra obra que también vi en Nave 73 y que supuso una de las revelaciones de la temporada pasada: “Amores minúsculos”. Ambas narran historias cotidianas de treintañeros, ambas están muy bien interpretadas y tienen grandes momentos y ambas tienen intercalados esos soliloquios para expresar las inquietudes de alguno de los personajes que tanto me sacan de la trama. Y es que prefiero que las conclusiones sobre sus anhelos, miedos y debilidades sean una consecuencia de la acción que el que me las expresen mediante un monólogo interior.

A partir de ahora, “¿A quién te llevarías a una isla desierta?” se ha mudado a la sala off del Lara para continuar su andadura, así que aún tenéis tiempo de espíar un pedazo de la vida de Celeste, Eze, Marcos y Marta. Los cuatro son capaces de invocar el hechizo que logra que las mentes del patio de butacas, se eleven sobre los cráneos de sus propietarios y sientan, padezcan y sueñen en las pieles de otras almas.

Y esto, no es nada fácil.

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