A CAMBIO DE NADA

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Daniel Guzmán sabe de lo que habla. Quizá no refleje su infancia de forma literal, pero sí sus sueños de infancia o, en este caso, su falta de ellos. Ya lo hizo en su primer largometraje, titulado de forma más explícita: “Sueños”. En él, dos chavales, más jóvenes que los de su primer largometraje, pasan una tarde de verano en una azotea con un balón de fútbol, una bici de paseo y unos cuantos huevos que lanzan a los viandantes. Entremedias, hablan de la vida.

Su primera peli podría estar protagonizada por los mismos chavales, llegados ya al instituto. O por él mismo, de nuevo, ya que asegura que el proceso de escritura del guión tiene mucho de catarsis de sus propias vivencias infantiles. Y es que Daniel ha debido tener mucho en común con los personajes que escribe. Esos malotillos de buen corazón, honestos, leales y anárquicos, que no dudan en robar la caja fuerte de un local pero que se pondrían entre el cañón de una pipa y su mejor amigo para parar la bala.

Daniel llegó al cine de casualidad. Lo suyo eran los graffitis y el boxeo y por culpa de los primeros acabó en un capítulo de “Crónicas urbanas”. De ahí a papeles de películas en los 90 y al éxito con “Aquí no hay quien viva”. Tras eso, decidido a sacar adelante “A cambio de nada”, su proyecto más ambicioso, personal y complicado hasta la fecha, deja la actuación durante cinco años y se dedica a escribir y buscar financiación y amiguetes que ejerzan de cómplices en la aventura de poner en pie una película en este país alérgico a la cultura.

Hoy puede pasear orgulloso por las alfombras rojas de los festivales, acompañado de su abuela, que actúa en la peli y lucir orgulloso sus premios del Festival de Málaga y de los Goya, donde lo pudimos ver emocionado, en la butaca, asistiendo al discurso de Miguel Herrán al recibir el galardón al mejor actor revelación, momentos antes de subir él mismo a recoger el de mejor director novel.

La película no es perfecta. Lo sé yo, lo sabe Daniel y lo sabe todo el que se acerca a verla. Sin embargo, lo que le falta para llegar a la excelencia, lo compensa de sobra con alma y pasión. Se nota a la legua que es un proyecto personalísimo, escrito desde las entrañas, tratando de plasmar en pantalla el corazón de un adolescente que se siente perdido, zarandeado entre las rencillas personales de dos padres que se están separando que le utilizan como saco contra sus propios miedos. Un adolescente que ha perdido las ganas de soñar por un futuro que ve sumido en la oscuridad.

Darío trata de anclarse a las amistades de verdad, no siempre bien elegidas. La de Luismi, su mejor amigo, su confidente y su compañero de aventuras, la de Caralimpia, un mecánico que trapichea con motos robadas y le ofrece consejos de tres al cuarto a ritmo de Julio Iglesias o la de Antonia, una octogenaria que mantiene un puesto de antigüedades en el rastro restaurando los muebles viejos que la gente tira. Por ellos, Darío haría lo que fuera, a cambio de nada, porque su código de honor se basa en los más puros valores de la amistad.

Los mejores momentos de la película nos los dan Darío y Luismi, los dos chavales protagonistas, interpretados por Miguel Herrán y Antonio Bachiller. El primero, como hemos dicho, se llevó el premio al mejor actor revelación en la ceremonia de los Goya y el segundo, se hizo con el de actor secundario en el Festival de Málaga. Acompañándolos, pesos pesados como Luis Tosar, Miguel Rellán, Felipe García Vélez, María Miguel o Fernando Albizu.

Daniel Guzmán se ha sacado de encima las penurias de sacar adelante su primera peli. Esperemos que la segunda venga con menos esfuerzo porque se ve que este tipo tiene muchas cosas que contar.

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