7 CAJAS

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La de esta película, definitivamente, supuso una experiencia de contrastes, como un viaje por un escenario construido por el Jocker a base de diferentes géneros, sensaciones cinematográficas y chistes de regusto muy personal. Desde el minuto uno.

Para empezar, uno acude a ver una película paraguaya y se encuentra con subtítulos desde la primera frase, la de un locutor de alguna emisora local. Y uno se pregunta: ¿se habrán equivocado? ¿Para qué subtitular el mismo idioma que se habla? Pero se entiende cuando empiezan a hablar los protagonistas y sólo se les puede pillar palabras sueltas en lo que parece un idioma inventado entre el castellano, el de Jar Jar Binks y el de un bebé que está empezando a hablar. Luego, rebuscando, descubres que esas parrafadas corresponden al guaraní, un idioma oficial de por allá hablado por seis millones de personas, así que minipunto para los subtítulos.

Luego, descoloca el tipo de película. Se desarrolla en el Mercado 4, un gigantesco revoltijo de tiendas, tenderetes y trapicheos en Asunción, un hormiguero de personas comprando, vendiendo y paseando, que supone un escenario genial para la parte thriller del film, donde las persecuciones son nerviosas y rápidas muy del estilo a la hora de filmar de Danny Boyle o incluso del Peter Greengrass de la saga Bourne.

Sin embargo, a pesar de esa estética de cine comercial, es imposible que alguno de los actores no te saque por momentos de la película, porque hay tal heterogeneidad en cuanto a métodos de actuación y apariencia de cada individuo que cada nueva incorporación a la historia es un nuevo asombro.

El chaval protagonista, Celso Franco, es uno de esos casos de naturalismo sin forzar con el que uno se identifica rápido, pero su compañera Lali González está repleta de muecas y mohines, ejerciendo entre ambos una antítesis que no deja de llamar la atención. Pero donde más se nota esta desregularización de criterio personajil es en los malos de la función, a cada cual más raruno, hasta llegar a una especie de Mortadelo de aspecto friki y mucho más de viñeta de Autos Locos que de humano real que provoca un rato de cuchicheos entre el patio de butacas que no sé si es lo que el director pretendía.

En cuanto a la historia, me gusta esa premisa típica del cine más jolibudiense del chaval que se ve envuelto en un tinglado gangsteril que le supera, trasladado a un mercado latino, sin embargo no todos los momentos de la película funcionan con la misma eficacia, como en esos momentos de persecución donde, los perseguidores, nunca dejan de lado su carretilla, como si fueran carreras de cuádrigas, que transforman el suspense en algo ligeramente ridículo.

Además, por si todo esto no fuera suficiente para sacarnos de vez en cuando de la trama, hay un sentido del humor tan cambiante como Launch con un ataque de alergia. Sutil en algunos casos, paródico en otros y estoy seguro que no premeditado en muchos otros, lo que provoca que uno no sepa muy bien a qué atenerse durante una película cambiante, que en cuanto no te esperas te hace un quiebro y te deja atónito.

Con todo esto, la historia de intriga sobre estas siete cajas muy peligrosas, con aspecto de McGuffin que al final no lo es tanto (quizá incluso habría funcionado mejor si no se desvela su contenido, no lo sé), y el chaval que las transporta es interesante desde el punto de vista de la dirección y puesta en escena, aunque, como acabo de decir, fallida en muchos lugares tanto de la dirección de actores como del propio argumento, con diversas crisis de personalidad a lo largo del metraje.

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