7 AÑOS

7anos

La primera película española financiada y distribuida por el servicio de vídeo bajo demanda Netflix es un gran ejemplo de cómo está cambiando la industria cinematográfica a nivel mundial.

Cuenta el director, Roger Gual, un tipo que se llevó el Goya al mejor director novel con “Smoking room” allá por 2003 y que sólo cuenta con dos películas más en su haber anteriores a ésta de la que hablamos hoy, que se leyó el guión de José Cabeza y se enamoró. Le atrapó desde la primera página y no dudó en comenzar a buscar la forma de levantar el proyecto.

Sin embargo, después de probar todas las vías tradicionales; televisiones, subvenciones, productoras varias, etc, no le encontró salida. Es decir, en este país se hace imposible levantar un thriller intenso y agónico de cinco actores en un sólo escenario que comporta menos de un mes de rodaje más otro de ensayos. Hasta ese nivel de impotencia ha llegado el cine estatal.

Fue entonces cuando apareció Netflix en el horizonte. El gigante usamericano estaba buscando un proyecto español de características similares. Se entregó el guión en Los Angeles, les encantó y decidieron que esa sería su primera aportación a nuestro cine. Después de esto, “7 años” es la película distribuida en más países de la historia del cine español. Nada menos que 86 millones de usuarios de la plataforma tienen disponible esta historia de egos y puñaladas traperas. Un trampolín muy suculento para el realizador y sus cinco actores, Alex Brendemühl, Juana Acosta, Paco León, Juan Pablo Raba y Manuel Morón. Un mercado inmenso con la película disponible durante una ventana de tiempo inmensa y no las tres semanas en cartel de las que suelen disfrutar las pelis de este palo en los cines, con suerte.

Sin embargo, estoy seguro de que en la próxima gala de los premios del cine nacional veremos al presidente o la presidenta de turno, al que le toque esta vez, dar un nuevo discurso llorando por la pérdida de espectadores y quejándose de la piratería, una actitud muy nuestra en vez de ejercer un papel proactivo y tratar de solucionar el problema de alguna manera.

Pero no sólo aportó Netflix el escenario adecuado para sacar adelante la historia y ofrecerla a una ingente cantidad de gente, sino que ofreció un ambiente sin presiones y con el tiempo necesario para cocinarla a fuego lento y como merecía. Después de haber grabado toda la película, al estilo tradicional, durante veinte días, Roger Gual tuvo tiempo de ofrecer un magnífico regalo a sus actores. Poder rodarla una última vez en una única toma, recogiendo en un sólo día todo el camino recorrido y permitiendo a los intérpretes meterse en harina como sólo es posible en una obra de teatro.

Al final, la mayoría de las tomas salen de esta última sesión. Y se nota en el poso de las interpretaciones, en la espiral de tensión que va tomando la película desde su planteamiento hasta su desenlace, pasando por esa guerra de dagas voladoras que enfrenta a los peores instintos de cuatro compañeros de trabajo.

El detonante de la historia mete al espectador de cabeza en el meollo del asunto desde el primer minuto. Cuatro fundadores de una empresa que ha estado estafando al estado durante los últimos años necesitan que uno de ellos cargue con las culpas para que no paguen todos el pato y, claro, no se ponen demasiado de acuerdo. Así que contratan a un mediador para que les ayude a decidir quién debería pasar unos años a la sombra por el bien común. Todo ello en un periodo de tiempo extremadamente corto, antes de que el técnico de hacienda de turno se presente en la oficina a revisar las cuentas.

No es de extrañar que bajo esta situación de presión, los instintos más execrables e infectos de la raza humana no tardarán en aflorar. La intensa discusión sobre quién es más prescindible o quién es el mejor candidato para llevar la cruz de una decisión tomada en consenso se vuelve más enconada y personal a cada minuto que pasa. Todos comenzar a exteriorizar facetas de personalidad que normalmente se esconden en un contexto social. La verdadera naturaleza de cada uno y las opiniones reales que tienen unos sobre otros van cambiando la balanza de lado mientras el reloj corre de forma inexorable y el mediador trata de guiarles hacia una solución final.

Una película inteligente y de ritmo constante y denso en el que no se desperdicia ni un sólo segundo y una historia de la que sus actores consiguen extraer oro en cada enfrentamento dialéctico, en cada mirada torva, en cada dardo envenenado. Cuatro personalidades muy diferentes y muy bien escogidas que aportan un interesante catálogo de bajezas.

Por ponerle un pero, a mí personalmente el desenlace me dejó un poco frío. Quizá me esperaba algo que me diera una vuelta y media final, en vez de esa solución tan abrupta y tajante. O quizá lo que me pasó es que me lo estaba pasando tan bien entre tanta vileza que me dio pena que la película acabara.

En todo caso, es de agradecer que Netflix llegue para aportar otro camino a la hora de dar salida a nuestro cine y lo haga con una historia de estas características, capaz de engrandecer el prestigio de todos los implicados en el proceso.

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