SITGES 11: DREAM HOME

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Y por fin, tras dos intensos días de festival, en la primera sesión del tercero, llegó la sorpresa. Una película nipona (capaces de lo mejor y lo peor, como siempre), con fondo (no sólo sangre y casquería), con grandes puntos de humor y hasta un apunte de denuncia social enmarcada en el gore más cachondo. Fue mi favorita del festival y mis compañeros tampoco le dieron mala nota. Tan buen gusto tengo y tan respetada es mi opinión, que acabó llevándose el premio del público en Sitges (o tan comunes y ordinarios son mis apetencias, que también se puede interpretar así).

Encima, esta crítica viene al pelo en el día de hoy. Todo cuadra como si estuviera orquestado de forma sublime (aunque seguro que sois malpensados y creéis que no, que ha sido pura chiripa y es una forma de minimizar mi vagancia… infieles), ya que esta película, titulada “Dream home”, es la única de nuestra selección del festival catalán que llega al festival SyFy madrileño, que remata hoy mismo y es justo hoy cuando se proyectará. Así que enlazo de esta manera tan elegante ambos festivales y, mientras finiquito uno a ritmo casi de corresponsal, empiezo a almacenar en el disco duro neuronal las películas del siguiente. Ríete tú de los malabaristas de platos chinos.

“Dream home” es la historia de una honkonesita con una obsesión: comprarse un piso con vistas al mar. A su abuelo le encantaba la brisa marina y, cuando era pequeña, estaba muy unida a él, así que a la criatura le queda la fijación. Trabaja y trabaja hasta ganar lo suficiente como para permitírselo, con tan mala suerte de que la época que le ha tocado vivir ha caído en plena burbuja inmobiliaria, que también ha llegado a los países del sol naciente. Así que, despechada por unos vendedores que suben el piso de sus sueños en el último momento, rompiendo su futuro en pedazos, decide revalorizar el precio de la vivienda a la baja de la única forma que se le ocurre: cargándose a algunos vecinos de forma sangrienta y chapucera.

Los momentos gore, son un deshueve. Recuerdan a aquel periodo gamberro de Sam Raimi (o esa vuelta a las andadas que supuso la genial “Arrástrame al infierno”) o de Peter Jackson. Una ensalada de miembros amputados, perforaciones varias, vísceras desubicadas y hectolitros de sangre mezclados con un humor gamberro muy conseguido. Nada de realismo estilo Danny Boyle, sólo efectos primitivos y nostálgicos e imaginación.

Pero esto no es todo, sino que en los momentos serios, cuando se cuenta la infancia de la protagonista, sus razones, sus desilusiones y su vida cotidiana, la película cambia totalmente de frecuencia emocional. Nos muestra la dura vida en la región china, con sus largos desplazamientos de trabajo (¿a qué me recordará a mí esto?), su superpoblación y, brevemente, eso sí, de qué forma afectó la fiebre del ladrillo en los barrios obreros. No es tan sólo una excusa para lanzarse a la carnaza, sino que hay verdadera vocación de plantear algo, aunque sea sólo durante una mitad de la película. Mitad que no corresponde a un bloque temporal, sino que ambas caras (la gamberra y la seria) se van entremezclando de forma equilibrada.

Comparada con la amplia mayoría de las producciones de género de hoy en día, el que el director, un tal Ho-Cheung Pang, también autor de la historia y el guión, se haya preocupado de justificar las carnicerías con un trasfondo, se agradece hasta el punto de querer abrazarle. Ahora que llevo 3 días de muestra SyFy, en donde los organizadores se han ido claramente hacia el terror olvidando el cine fantástico y de ciencia ficción (conformando la peor muestra de las tres que he ido, pero de esto ya hablaré), puedo ver que encontrar un buen filme de terror, debe ser realmente difícil (o eso o los ojeadores no hacen su trabajo como es debido). Normalmente la arquitectura que conforma la trama parece construida por un niño de seis años y sólo se pone interés en el momento en que hay que hacer saltar al público de la butaca, o provocarle grimilla. Y así, el entramado se desmorona a poco que se piense.

Que aún haya gente que se tome el género en serio (aunque la película busque el humor) es una suerte. Si el director, además de implicación, posee talento, es ya como si hubiéramos descubierto una pepita de oro en medio del lecho fluvial, visto lo complicado que es dar con esta clase de tesoro en los festivales especializados.

Aún así, ya sea por esa fiebre del oro cinéfilo que cabalga por nuestra sangre, ya sea por masoquismo, no nos resistimos a seguir buscándolas.

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