127 HORAS

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Historia basada en hechos reales: va un ingeniero aficionado a la escalada, el barranquismo, el senderismo, el rápel (me refiero al hecho de descender paredes verticales ayudado de una cuerda, no al famoso vidente) y demás deportes de aventura y se monta una escapadita por unas montañas de Utah. La mala suerte se ceba con él y, tras un paso en falso, acaba con la mano derecha atrapada entre una roca y una de las paredes de un cañón. Allí pasa 127 horas, sobreviviendo e intentando buscar una solución hasta que la encuentra y se hace famoso por su arrojo, valentía y lucha contra el desánimo. Perdices, congratulations y fin de la historia.
Así contado, ya veis que el cuento cabe en un párrafo. Si abundáramos en detalles y anécdotas y lo metiésemos en una conversación daría para, quizás, 10 minutos de historia. Súmale 5 más de feedback de nuestro interlocutor, en donde ambos nos ponemos en esa situación, determinamos que nosotros hubiéramos perecido irremediablemente y, por qué no, un par de minutos de humor negro. Sacamos cuentas y el tema ha durado 17 minutos de reloj.
Pues exactamente esta historia le sirve a Danny Boyle (el dire de “Slumdog millonaire”, “Trainspotting” o “28 días después”) para plantarnos una opresiva y claustrofóbica película de hora y media. Y ojo, que no lo estoy diciendo como algo malo, ya que Boyle consigue que no nos aburramos en ningún momento, que nos identifiquemos con ese chaval simpaticote e inmune al desaliento y que nos pongamos muy nerviosos con sus intentos de supervivencia, tengamos que apartar la vista en algunos momentos y sintamos el dolor en nuestras propias terminaciones nerviosas. Sobre todo en cinco minutos brutales, hacia el final de la cinta, que han provocado esa ola de noticias en cines de todo el mundo en donde la gente se salía de la sala (efectivamente, un tipo se fue del cine en ese momento en la sesión a la que yo fui), se desmayaba (también tengo el caso de un amigo al que le afectó el realismo de Boyle y tuvo que descansar un rato con los pies en alto) y demás leyenda negra que acompañó el estreno. Tan sólo cinco minutos de los 90, pero rozando el gore. ¿Sobran estos planos? Pues a mi juicio no. Consigue ponernos los pelos de punta y meternos de lleno en la película en ese clímax en el que sólo vale vivir o morir y eso es de lo que va esto del cine, de generar sentimientos y conexiones neuronales y emocionales.
Está claro que la forma de rodar del inglés es muchas veces efectista, sincopada, llena de trucos visuales y esto saca de quicio a mucho espectador. Puede parecer que, al final, es un bonito papel de regalo con trozos de periódicos recortados en el interior, pero no fue lo que yo sentí. Que la historia sea sencilla y corta, no quiere decir que haya mucho más relleno de colorines que contenido real. En muchos momentos me recordó a “Buried”, en donde la situación es igualmente sencilla y está limitadísima y Rodrigo Cortés tenía que jugar con la creatividad para no aburrir en la narración. En este caso, es algo parecido. El escenario es, durante mucho metraje, esa grieta en la que se ha quedado atrapado Aron Ralston, el protagonista, y su radio de acción es limitado, pero el guión, por un lado y el montaje, por otro, consigue llenar de detalles la narración.
Ayuda en gran medida al disfrute de la cinta la actuación de James Franco, con una interpretación nada derrotista, repleta de humor y vitalidad, quitándole en muchísimas ocasiones hierro al hecho de que hay más posibilidades de que muera solo allá abajo de que consiga sobrevivir. La película es él y demuestra algo que muchos ya sospechábamos, que el chaval es un actorazo que aún tiene mucho que enseñar, que no es tan sólo una cara de golfete destinada a poblar la imaginación de las quinceañeras.
En definitiva, 15 minutos de introducción, 70 de sufrimiento y lucimiento para James Franco y cinco de “Oh my god no puedo mirar”, construyen una peli que me gustó, pero que no me encantó. A pesar de que tanto director como actor tengan recursos para no aburrir, la historia sigue siendo la misma que daría para una conversación de botellón de 17 minutos.
20 si estamos a mitad del botellón y nos cuesta hilar las palabras.

Historia basada en hechos reales: va un ingeniero aficionado a la escalada, el barranquismo, el senderismo, el rápel (me refiero al hecho de descender paredes verticales ayudado de una cuerda, no al famoso vidente) y demás deportes de aventura y se monta una escapadita por unas montañas de Utah. La mala suerte se ceba con él y, tras un paso en falso, acaba con la mano derecha atrapada entre una roca y una de las paredes de un cañón. Allí pasa 127 horas, sobreviviendo e intentando buscar una solución hasta que la encuentra y se hace famoso por su arrojo, valentía y lucha contra el desánimo. Perdices, congratulations y fin de la historia.
Así contado, ya veis que el cuento cabe en un párrafo. Si abundáramos en detalles y anécdotas y lo metiésemos en una conversación daría para, quizás, 10 minutos de historia. Súmale 5 más de feedback de nuestro interlocutor, en donde ambos nos ponemos en esa situación, determinamos que nosotros hubiéramos perecido irremediablemente y, por qué no, un par de minutos de humor negro. Sacamos cuentas y el tema ha durado 17 minutos de reloj.
Pues exactamente esta historia le sirve a Danny Boyle (el dire de “Slumdog millonaire”, “Trainspotting” o “28 días después”) para plantarnos una opresiva y claustrofóbica película de hora y media. Y ojo, que no lo estoy diciendo como algo malo, ya que Boyle consigue que no nos aburramos en ningún momento, que nos identifiquemos con ese chaval simpaticote e inmune al desaliento y que nos pongamos muy nerviosos con sus intentos de supervivencia, tengamos que apartar la vista en algunos momentos y sintamos el dolor en nuestras propias terminaciones nerviosas. Sobre todo en cinco minutos brutales, hacia el final de la cinta, que han provocado esa ola de noticias en cines de todo el mundo en donde la gente se salía de la sala (efectivamente, un tipo se fue del cine en ese momento en la sesión a la que yo fui), de desmayos (también tengo el caso de un amigo al que le afectó el realismo de Boyle y tuvo que descansar un rato con los pies en alto) y demás leyenda negra que acompañó el estreno. Tan sólo cinco minutos de los 90, pero rozando el gore. ¿Sobran estos planos? Pues a mi juicio no. Consigue ponernos los pelos de punta y meternos de lleno en la película en ese clímax en el que sólo vale vivir o morir y eso es de lo que va esto del cine, de generar sentimientos y conexiones neuronales y emocionales.
Está claro que la forma de rodar del inglés es muchas veces efectista, sincopada, llena de trucos visuales y esto saca de quicio a mucho espectador. Puede parecer que, al final, es un bonito papel de regalo con trozos de periódicos recortados en el interior, pero no fue lo que yo sentí. Que la historia sea sencilla y corta, no quiere decir que haya mucho más relleno de colorines que contenido real. En muchos momentos me recordó a “Buried”, en donde la situación es igualmente sencilla y está limitadísima y Rodrigo Cortés tenía que jugar con la creatividad para no aburrir en la narración. En este caso, es algo parecido. El escenario es, durante mucho metraje, esa grieta en la que se ha quedado atrapado Aron Ralston, el protagonista, y su radio de acción es limitado, pero el guión, por un lado y el montaje, por otro, consigue llenar de detalles la narración.
Ayuda en gran medida al disfrute de la cinta la actuación de James Franco, con una interpretación nada derrotista, repleta de humor y vitalidad, quitándole en muchísimas ocasiones hierro al hecho de que hay más posibilidades de que muera solo allá abajo de que consiga sobrevivir. La película es él y demuestra algo que muchos ya sospechábamos, que el chaval es un actorazo que aún tiene mucho que enseñar, que no es tan sólo una cara de golfete destinada a poblar la imaginación de las quinceañeras.
En definitiva, 15 minutos de introducción, 70 de sufrimiento y lucimiento para James Franco y cinco de “Oh my god no puedo mirar”, construyen una peli que me gustó, pero que no me encantó. A pesar de que tanto director como actor tengan recursos para no aburrir, la historia sigue siendo la misma que daría para una conversación de botellón de 17 minutos.
20 si estamos a mitad del botellón y nos cuesta hilar las palabras.

4 thoughts on “127 HORAS

  1. Pues de acuerdo tambien. Sunshine fue una película bastante ignorada y a mí me parece todo un acierto. Un tipo inquieto este Boyle.

    Un saludo.

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