12 AÑOS DE ESCLAVITUD

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Lo reconozco, soy de esos a los que “Shame” les dejó bastante fríos. Que reconozco que tiene un halo curioso, como si estuviese envuelta en bruma azul, que hay alguna escena que me gustó por encima de la media, como cuando canta Carey Mulligan de forma un tanto vergonzosa y que Fassbender tiene una tranca como para mantener cerrado el portón de la fortaleza de Helm ante embestidas de Uruk Hais durante horas, pero aparte de eso, no me entusiasmó.

Así que, antes de acudir a ver la nueva candidata a los Oscar, no tenía a Steve McQueen demasiado endiosado. Al menos al director, porque el actor forma parte de mi particular Dream Team, con su guante y su pelota de baseball, sentado pacientemente en la nevera del campo de concentración de “La gran evasión”. Aún así, acudí con ciertas expectativas, ya que la peli ha arrasado en muchos de los festivales por los que ha pasado y la historia de racismo y esclavitud en el sur de los Estates podía dar de sí.

Al margen de todos los detalles técnicos y estilísticos que resaltan emocionados los que de verdad entienden de cine, que por lo que se ve son muchos y muy buenos (me refiero a los detalles, que gente que sepa mucho de cine y no solo se dé de entendido seguro que no hay tanta) y que yo no llego a apreciar por desconocimiento, la película me gustó. Supongo que ya, si sois capaces de entender la importancia de cada encuadre en la historia y la información adicional que aporta la técnica del director, os mearéis encima del gusto. Desde luego, no es mi caso y, como mucho, puedo llegar a pensar “que plano más molón” en algún momento, de la misma forma que puedo pensarlo en una película de Michael Bay.

Dejemos un momento para que los puristas echen la raba después de este comentario y sigamos.

“12 años de esclavitud” cuenta la historia real de Solomon Northup, un músico negro y libre que, allá por 1850, fue engañado, secuestrado y vendido como esclavo. Apartado de su familia y con un nuevo nombre, tuvo que asumir su nueva situación con una sola meta en mente: adaptarse y sobrevivir.

El director británico muestra esta etapa de la vida de Northup centrándose en la capacidad de adaptación del hombre, que pasa de tener un estatus social importante, con una cultura alta, a tener que simular una condición de analfabeto que no le genere problemas. McQueen se centra en la evolución del protagonista, tratando de mantener la piel en el pellejo, lidiando con sus diferentes amos, a cada cual más bruto y desalmado. Un relato que no esquiva la violencia descarnada que llega a nivel gore en algún momento puntual.

Además, el realizador se consagra como un excelente director de actores, que consigue exprimir lo mejor de los artistas que trabajan con él. El protagonista, Chiwetel Eljofor, desconocido para mí hasta el momento, está enorme, ofreciendo grandes contrastes entre cada una de sus vidas, de sus etapas, reflejando con una enorme verdad la desesperación, el miedo, la ira, la determinación o el hastío.

Además, le acompañan un buen número de actores, de más o menos renombre, que arropan a la perfección la historia, como Michael Fassbender (ojito derecho del dire desde sus comienzos), Benedict Cumberbatch, Paul Dano, Paul Giamatti, Lupita Nyong’o o Brad Pitt, que tiene un papel breve más a modo de cameo, seguramente por ser uno de los productores de la cinta.

Quizá a mí no me ha llegado al alma como para considerarla la mejor peli usamericana del año, ya sea por el tema en sí, bastante alejado de nuestros referentes culturales más cercanos o por lo que sea, pero sí que me ha parecido una historia dura y sentida, que mantiene atrapado a pesar de sus más de dos horas de duración.

Vamos, que me sigo quedando con el operado careto de la Bullock flotando por el espacio.

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