12ª MUESTRA SYFY: DÍA 2

El jueves es el día fácil, se supone. Uno llega, ve una película y se marcha a su casa, como si de un mortal de gama media se tratase. Es el viernes cuando empieza lo bueno.

El viernes se madruga, se va uno a trabajar tratando de no cansar mucho la vista, programando como si mirase a lo lejos con aire de ensoñación, sale uno de la oficina como alma que lleva el diablo y se casca cinco películas, una detrás de otra, casi sin respirar. Eso ya no es de mortal de gama media, eso es de semidiós o de monguer, según se vea.

Como este año yo tenía la suerte de haber visto la primera de la tarde en el festival de Sitges, me dio tiempo a comer tranquilamente e incluso a echarme una pequeña siesta. Eso es lo mismo que hacer dopping pero como no hay nada de lo que te puedan descalificar, me tomé el lujazo y llegué fresco como el cerebro de una teenager de una peli slasher.

HOUSEBOUND

Como he dicho, esta peli ya la vimos en su día en Sitges y podéis encontrar su crítica aquí.

TOKYO TRIBE

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Leti ya nos lo advirtió en su monólogo inicial: el director estaba como una regadera. Nos contó la historia de un amigo suyo que se había ido a Japón y lo había conocido, más de lo que desearía. A él y a su chorra, a la que invitó a airearse en momentos poco adecuados.

Si los directores nipones ya hacen películas curiosas estando en sus cabales, cuando el susodicho está como unas maracas, salen productos como este.

La primera escena es un largo plano secuencia bajo la lluvia en el que la cámara recorre una calle atestada de gente, a ritmo machacón de hip hop. Enseguida, un joven comienza a rapear la historia de las bandas que dominan Tokyo, guiando al espectador entre adolescentes malotes, señoritas de grandes pechos, gangsters más exagerados que Jim Carrey con La Máscara puesta, muebles vivientes, tanques de videojuego malo, infantes karatekas, beat boxes femeninas y Cristianos Ronaldos japoneses.

Y básicamente, eso es la película, un puñado de bandas que rapean sus historias y sus ganas de dominar la ciudad con el slogan de “Los inmortales” y se baten el cobre en coreografías imposibles.

Y podéis creerme cuando os digo que cuando llevas media hora escuchando versos en japonés, se te quitan las ganas de comer sushi en una larga temporada.

Esta fue la primera vez que pasó por mi mente qué carajo pintaba una cinta como tú en un festival de cine fantástico como éste, aunque no sería la última.

BURYING THE EX

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“Aullidos”, “Gremlins”, “Exploradores”, “El chip prodigioso”. Si al escuchar estos títulos has esbozado una sonrisa nostálgica, eres un tipo criado con el cine de los ochenta. Si, además, sabes cual es su común denominador, entonces eres un condenado friki, jodío, y por tanto una víctima propensa a entrar a ver esta película con las maneras de cuando uno va a visitar al abuelo que te ha llevado a llevar a ver los conejos y las gallinas cuando eras pequeño.

Soy bastante incapaz de ir a ver la peli de un tipo como Joe Dante, que tan buenos momentos me ha hecho pasar de enano, con actitud crítica e iracunda. Aunque, también es cierto, que uno entra con cierta compasión, sabiendo que a veces el abuelo chochea y ya no cuenta las historias como antes. O quizá tú no eres ya como antes y las historias no entran de la misma forma.

Por eso, entré a ver “Burying the ex” de buen talante, sin querer hacer sangre y, sorprendentemente, salí sorprendido, más satisfecho con la historia de lo que pensaba en un principio. El aire ochentero seguía allí y, por lo tanto, el humor blanco y buenrrollista y el argumento ligeramente esquemático, pero todo muy buen puesto, con cada elemento donde debe estar.

Esta comedia romántica de un tipo que, a punto de cortar con su novia, ve cómo un camión la quita antes de enmedio, para luego volver con las mismas manías paranóicas pero oliendo peor, es muy divertida y está muy bien interpretada por Anton Yelchin, Ashley Greene, Oliver Cooper y Alexandra Daddario.

Ah, Alexandra Daddario. Los hombres heterosexuales y lesbianas que hayáis visto “True detective” la recordaréis sin problemas. Que maja y que bien criada la muchacha.

Y para los que no os hayáis fijado en la moza o no hayáis visto la serie, también hace un cameo el insigne Dick Miller, que sigue vivito y coleando.

LO QUE HACEMOS EN LAS SOMBRAS

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Entre el mundo de las sombras, este sería un programa para la cadena de contenido tipo Divinity. Satanity, podría ser el canal más visto por las tardes entre las amas de casa vampiresas, mujeres lobo y emos en general, hipnotizadas entre una programación consistente en continuas reposiciones de “Necrofilia en NY” y “Anatomía forense de Lestat”, amén de un buen puñado de realities.

Las cámaras de este mockumentary (falso documental de comedia) se introducen en un piso compartido, desde hace un porrón de años, por cuatro vampiros que matan, como pueden, la rutina, y algún que otro humano, hasta la eternidad. Viago, el noble de maneras extremadamente educadas, Deacon, eterno adolescente problemático, Vladislav, tranquilo y sosegado y el espeluznante Petyr, el más viejo del lugar, tienen los típicos problemas de compañeros de piso en un eterno y nocturno Erasmus.

El equipo de rodaje acompañará a estos cuatro individuos, mostrando cómo se relacionan entre ellos y los humanos que los rodean, algún nuevo miembro del clan vampírico y una pandilla de hombres lobo que se cruzan de vez en cuando, dando lugar a gags y sketches con un sentido del humor y del ritmo, impecables.

Dirigen y escriben dos de sus actores principales, Taika Waititi y Jemaine Clement, este último 50% por ciento del dúo cómico neozelandés Flight of the Conchords y consiguen una comedia redonda, con risas garantizadas durante sus ajustados 86 minutos, erigiéndose como una de las grandes aclamadas del festival. Un soplo de aire fresco que duraría muy poco y que aprovecharíamos al máximo.

Por cierto, si no sabéis quienes son Flight of the Conchords, ved esto y luego devorad todo lo demás que tengan.

HUNGER OF THE DEAD

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Como decíamos, el alborozo duró más bien poco. Ahí estaban de nuevo nuestros colegas los nipones para darnos otro bofetón de cine cutre y casposo.

La tierra se ha visto arrasada por un apocalipsis zombie y los pocos humanos que quedan, tratan de mantenerse en ese estado escapando de muertos vivientes que repiten, incesante y cansinamente, la última comida que cataron en vida, sufriendo un antojo de por muerte.

Nuestro protagonista, en una de sus huidas, se refugia en una casa dirigida por el único zombie pensante del universo, que mantiene los instintos asesinos de los zombies que están bajo su mando controlados y que tiene bajo su custodia a un pequeño número de seres humanos a los que trata como ganado. El zombie jefe ha llegado a la conclusión de que los humanos escasean y llegará un momento en el que los pobres no muertos carezcan de comida que llevarse a los labios, así que, a cambio de una buena y tranquila vida, estos humanos deberán procrearse continuamente y cederles los vástagos para una rica y tierna comida cada cierto tiempo.

Como véis, el punto de partida, ni tan mal. Sin embargo, se queda en eso, en una idea que se desarrolla de la forma más pobre y cansina posible, con zombies que caminan pitando, o gruñen como jabalíes, un par de giros simplones y previsibles y una dirección que sacó de sus casillas a nuestro miembro especializado en aspectos técnicos, el ínclito Paco.

Una cinta digna de CutreCon que no representa mi tono de festival preferido. Para ver esto, casi prefiero que elijan una de esas producciones de la casa, sobre animales alterados genéticamente con efectos de Paint, organicen un “Trash entre amigos” y así nos echamos unas risas sabiendo qué vamos a ver.

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