10.000 KM.

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A veces llega alguien y me pregunta: ¿que cine te gusta? Y uno se queda con cara de panoli, sin saber muy bien qué contestar. Entre otras cosas, porque nunca sabes bien si alguien pregunta para escuchar o esperando una respuesta corta, que no le requiera demasiada atención.

El caso es que, aunque suponga que el que me pregunta lo hace con ánimo de saber, realmente, que tipo de cine me gusta, no tengo una respuesta clara. Me gusta el cine que me atrapa, que hace desaparecer las butacas, las cabezas de alrededor y el murmullo de las palomitas. El cine que me remueve o me divierte o me entristece o me pone como una moto. El cine que me coge de la mano para transportarme a otro lugar que puede ser lejano, cercano o inventado; actual, pasado o futuro; vibrante, triste o romántico.

He acabado igual de emocionado con una locura repleta de acción y cachondeo como “Los vengadores”, con una historia de (des)amor como “La vida de Àdele”, con un sinsentido caótico como “Una noche en Casablanca”, con la épica de colorines en Technicolor del “Robin Hood” de Errol Flynn, con el aterrador virus de “[REC]”, con la fantasía teñida de nostálgico romanticismo de “Big fish”, con una venganza repleta de engaños como “El golpe” o con una ensalada de rijostios repletos de elegancia como “Operación Dragón”.

¿Que tipo de cine me gusta? Pues no tengo ni idea. Si supiera los entresijos de construir una película que me encantase, me dedicaría a hacerlas y forrarme.

Lo que sí puedo afirmar, es que me gustan mucho las películas en las que se cuenta un trozo de vida y que consiguen aparecer naturales, fluidas, repletas de vida, con interpretaciones creíbles y sentidas. Dicen que aparecer delante de las cámaras de forma natural es de lo más complicado. Uno tiende a pensar en cómo actuar con naturalidad y, en el camino, perderla. Y cuando esa esencia no se extravía, el milagro se produce y uno puede espiar por el ojo de una pantalla de cine un trocito de vida ajena, con sus contradicciones, sus miedos, sus anhelos y, en definitiva, su humanidad.

A la cabeza me vienen ahora películas como la mencionada “La vida de Ádele”, “Alabama Monroe”, “Once” o “Solas” y acabo de sumar la gran triunfadora del festival de Málaga de este año y que acabo de ver esta misma semana: “10.000 Km.”.

Esta peli es, justo eso, un cacho de la vida de una pareja. Alex, londinense, fotógrafa y profesora de inglés y Sergi, catalán, profesor de música y opositor viven en Barcelona y, después de siete años, han decidido tener un hijo. Sin embargo a ella le ofrecen una beca en Los Angeles para hacer una exposición fotográfica y, de repente, se tienen que plantear cómo continuar su relación a los 10.000 Km de distancia del título.

Carlos Marque-Marcet, el director, habla en la página web del film de Ulises y Penélope, de dos formas diferentes de ver la vida que se complementan, de necesidades vitales, personales y emocionales, de nuevas formas de comunicación y, en consecuencia, nuevas formas de quererse y, sobrevolando sobre estas cuestiones, una gigantesca y gritona pregunta que en algún momento todos nos hemos hecho: ¿puede una relación sostenerse sólo con amor?.

La idea es sencilla y la puesta en escena también. Sólo ellos dos, las conversaciones entre ambos, muchas veces por videoconferencia y con la espontaneidad, las contradicciones y las emociones cambiantes propias del ser humano y de las dificultades de una relación a distancia. Nada más. Y nada menos, porque el resultado es impresionante.

Impresionante por esos larguísimos planos secuencia que, en algunos momentos, convierten la película en una obra de teatro con, sospecho, buena parte de improvisación. Impresionante por los efectivos recursos a los que recurre Marque-Marcet a la hora de narrar el día a día de una pareja en la distancia, con los medios de comunicación de hoy en día, las redes sociales y las herramientas que nos ofrece internet. Y, sobre todo, impresionante por la titánica labor de dos actores como la copa de un pino que son capaces de que una película plagada de miradas, silencios y gestos llegue a remover de esa forma y pasarse en un periquete.

Natalia Tena, de padre vasco y madre extremeña, educada en Londres, actriz y música y que triunfa en Hollywood con sus apariciones en  la saga de “Harry Potter” o “Juego de tronos” y David Verdaguer, gerundense, actor y cómico habitual de los escenarios barceloneses, se salen. En cada gesto, en cada beso, en cada puñetero detalle, parece que son, en realidad, una pareja que lleva siete años juntos. Y parte de la culpa la deben tener esas dos semanas de ensayos previos a la filmación donde el director trató de establecer todos los tics, el lenguaje y la cotidianeidad que define una relación amorosa.

El resultado es apabullante. Una lección de dirección de actores y de actuación que deja perplejo. Además de una historia real como la vida misma, sin moralejas ni lecciones. Tan solo humanidad.

Y vaya humanidad más bonita.

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